domingo, 23 de octubre de 2011

LA PESADA MOCHILA DE LA GALLEGA

por Pablo Rubino


Visito a Karina Germano López, “la Gallega”, en el penal de Ezeiza; lleva diez años presa después de haber vivido más de veinte en el exilio víctima de la última dictadura argentina. Esta crónica recrea la “mochila” de una mujer que cuenta los días.




La Gallega no canta, habla cantado. Habla con el acento que trajo de sus 23 años de exilio en España, por la desaparición de su padre, Rodolfo “Rocco” Germano, un gerente de IBM que militaba en Montoneros, desaparecido en 1976 por la dictadura argentina. Esa hija hoy ceba mate, sonríe, habla pausado y fuma un cigarro, y otro. Karina Germano López siempre está fumando. La visito en el penal de Ezeiza. Se está fumando treinta años de cárcel por el secuestro, en San Pablo, de un empresario brasileño junto a cinco compañeros militantes: tres chilenos y dos colombianos.

Después de decenas de intentos, alguien atiende el único teléfono que hay en el pabellón 14 de la Unidad 3 del Correccional de Mujeres. Se escucha que gritan: “Gallega”. (Así la apodaron en Argentina, por hablar con la ce y la zeta). Me presento y explico los motivos del llamado. Ella escucha generosamente y aclara con voz de fumadora de cigarrillos negros: “No tengo problemas que vengas, pero del hecho y de mis compañeros, por respeto a ellos, no hablo”.

La Gallega, no habla. Pero cuenta.

Cuenta de su niñez “perdida” por clandestina, de su exilio en Suecia y España, del movimiento Okupa y la Anarquía, de su padre desaparecido. Cuenta por qué a sus 34 años regreso a Argentina. Cuenta con su madre y sus compañeros de Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S.). Y también cuenta los días.

El cielo está gris, horrible, nublado. Hace frío. De fondo se ven despegar los aviones del aeropuerto Internacional de Ezeiza. Son las once de la mañana y todavía hay neblina, ¿o es llovizna? Llego con los organismos de Derechos Humanos que le organizan la visita de los martes. Hay que anotarse con Chechu una semana antes, pasarle el nombre, número de documento y no llegar con las manos vacías. Pueden ser facturas para el mate, cigarrillos Parisiennes (los Ducados argentinos), tarjeta Telefónica Control, azúcar, toallitas femeninas, el diario, un libro o lo que sea.

Las paredes de la penitenciaría son blancas. Las torres de vigilancia, aberturas y estructura color mostaza, igual que las rejas, que no son barrotes redondos y pesados como uno suponía, son rectángulos de hierro aplanado como si fuera la verja de una plaza de Recoleta.

Dejamos nuestros teléfonos en el coche y caminamos hasta la oficina de ingreso del penal. Atrás del mostrador, un guardia deja el mate y se acerca a la reja para darnos el ingreso. La radio está prendida. El otro sigue con leyendo el diario como si nada, visten camisa gris, suéter gris y pantalón gris; todo gris, como el día. En un pizarrón se lee: Total 417, Presentes 409; Salida transitoria: 8.

“Visita de organismos” encara un compañero de H.I.J.O.S. y le entrega los tres documentos de quienes venimos a la visita. Nos dan unos gafetes que dicen DDHH y nos abren la puerta con una llave gigante, como las de los dibujitos animados. “Por acá” -nos dice-. Sin emitir palabras lo seguimos unos 50 metros por una explanada hasta el sector de oficinas del complejo. Es mi primera vez en una cárcel. Hace frío. “Visita a Karina Germano”, es todo lo que dice el guardia y le entrega una ficha a una señorita carcelera que viste minifalda y medias negras, muy coqueta, demasiado maquillada. A partir de aquí son todas mujeres.

Como en los aeropuertos, una webcam nos fotografía para darnos acceso. Pasamos por un detector de metales que Chechu asegura: “Suena solo cuando vas de salida”. La bicha (carcelera en la jerga tumbera) va abriendo las tres puertas que faltan para llegar al sector de escolaridad, donde será la visita a La Gallega.

Pasó media hora y no llega, la esperamos en el aula tres que tiene los rastros, en el pizarrón, de la última clase de matemáticas; hay ocho pupitres, dos armarios, un poster del Cabildo y otro de las Islas Malvinas. Me pongo a leer algunos escritos que hay estampados en las paredes blancas. “Tyno te extraño”, firma la Chile de San Telmo. Un pequeño ventilete deja entrar algo de aire; hace frío. Me impaciento y voy a tocar la puerta de las maestras.

- ¿Sabe si mandaron a llamar a Karina Germano? Le pregunto a la gorda de guardapolvo blanco que me contesta.

- Ya la fueron a buscar, no se preocupe que el tiempo (dos horas de visita) empieza a correr cuando ella llega. Responde con mucha soberbia.

Llega con las manos cargadas y media sonrisa, por el pucho que trae aún sin prender en la boca; es más alta de lo que suponía; tiene el pelo negro como sus ojos, la piel blanca; viste jeans celestes, remera a rayas de tonos violeta, igual que el pólar, todo sin marca a la vista. Calza botitas blancas tipo Allstars pero sin la estrellita. No está maquillada ni trae las uñas pintadas; sus manos están manchadas con distintos colores; (trabaja en un taller de arte dentro del penal, donde si acumula 200 horas mensuales se gana el equivalente a un salario mínimo para sus gastos: cigarros, jabón, papel de baño, desodorante en crema porque -de spray o bolilla están prohibidos- y toallitas femeninas -tampoco las dejan usar tampones-). Con una mano carga una bolsa de mercado con yerba, azúcar y el termo; con la otra abraza un sobre rojo de tapa dura con sus apuntes de sociología, la carrera que estudia desde que está en Ezeiza. En el piso arma la ronda y empieza a circular el mate; las facturas que trajimos, biscochitos y una Sprite, la Coca Cola también está prohibida por no ser transparente para las requisas. “Veo que me cuidan la dieta”, ironiza la Gallega.

La Gallega no habla, pero cuenta.

Cuenta los años. Ya van diez entre Carandirú (penal de alta seguridad en San Pablo) y Ezeiza. Está condenada por “extorsión mediante secuestro, tortura y formación de cuadrilla armada”, así dice la carátula de la causa que la condenó sin pruebas concretas. Ella no reconoce haber participado del secuestro del magnate publicista Washington Olivetto.

Todos sus compañeros están cumpliendo las mismas penas y los dos que se han hecho cargo de la negociación han declarado que Karina solo había alquilado una casa y comprado un coche para ellos. Las condenas son muy rigurosas en Brasil. En primera instancia les habían reconocido la motivación política del hecho y sentenciado con dieciséis años de cárcel. Luego de una fuerte presión mediática lo desestimaron y los condenaron como a presos comunes: les subieron a treinta años la sentencia.

La Gallega lucha por ver la calle de vuelta. El juez Sergio Delgado se negó a reconocerle sus ya merecidas salidas transitorias que le corresponde por haber cumplido un sexto de su condena (según la justicia brasilera). No casualmente, este juez está involucrado en la apropiación de niños y el fiscal Oscar Hermelo fue miembro del grupo de tareas 3.3.2 de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), durante la dictadura militar entre 1976 y 1983, donde estuvo Rodolfo “Rocco” Germano sus últimos días. La Gallega asegura que es una causa política y desde el Centro Universitario de Ezeiza (CUE) que ella misma creó en el penal, todas las tardes milita con sus derechos por los de sus compañeras presas que “no son delincuentes, son perejiles, víctimas de la exclusión social” y por la verdad, la justicia y el castigo.

Hacía diez días, en Argentina, la represión se había cobrado otras 38 vidas. Acababa de explotar la crisis del 2001 y todavía retumbaban las cacerolas del “Que se vayan todos”. En Brasil comenzaba el año electoral que pondría a Luis Ignacio “Lula” Da Silva en la presidencia en su cuarto intento. Los diarios paulistas titularon, el 4 de enero de 2001, que un grupo de guerrilleros latinoamericanos habían sido detenidos por el secuestro del publicista Washington Olivetto. El caso tomó mucho vuelo mediático. “Cuando estábamos en la comisaría, nos veíamos en la tele en el programa de Cidade Alerta”, cuenta Rosa Amalia Ramos Quiróz, como figuraba en un pasaporte español con la foto de la Gallega que encontraron las fuerzas brasileñas cuando la detuvieron en Serra Negra. En Argentina todavía no existía Policías en Acción, ni se sabía quién era un tal Néstor (Kirchner, luego presidente entre 2003 y 2007)

La Gallega sabía que entre sus compañeros de causa podía haber algunos clandestinos, pero para ella era algo normal. “Supe de muy chiquita lo que era vivir clandestina, la peor condena”, según Karina. “Mi madre me hacía jugar a quedarnos cayados y comunicarnos con cartitas, a cambiarme de nombre, a mentir en la plaza”. Si era de tarde decía que ya había ido a la escuela y de mañana que al rato iba. Durante dos años fue cambiando de colegio cada vez que le pedían los documentos. Tampoco podía salir a jugar a la calle. “Con mi hermano contamos 48 diferentes casas donde nos quedamos”. Su madre visitaba viejas amigas y les hacía el cuento de que ya era tarde para que los inviten a quedarse a dormir, al otro día se iban. “También dormíamos en el bondi (autobús) ida y vuelta -para despistarlos-, o en los cines continuados del microcentro”, cuenta la Gallega.

La última vez que le dio un beso a su padre no lo recuerda. Él estaba muy comprometido con Montoneros y hacía dos años que no se veían todos los días, Rocco aparecía cuando podía, cada vez menos. Un día llegó con regalos. Karina estaba furiosa, no los quería. “Yo solo quería saber por que eran más importantes todos los niños de Latinoamérica, si yo era su hija”. Estaba muy enojada y no le quiso dar un beso; ese día fue la última vez que vio a su padre, pero no lo sabía, sino hasta que pasó el 10 de mayo cuando cumplió doce años. Karina no recibió ni un llamado. Ese día supo que no volvería a verlo. “Estaba muy triste, sabía que algo malo había pasado”, recuerda angustiada con los ojos negros brillosos, como barnizados.

LA FOTO

La Gallega ceba mate, fuma y saca un álbum del sobre colorado. “No hay fotos mías antes de ésta” asegura, durante la visita que le hacemos en el penal de Ezeiza.

Vacaciones de invierno de 1976. Karina tiene doce años, viste como una colegiala de escuela privada: falda entablada tipo escocesa, medias rojas hasta las rodillas, saquito azul y mocasines marrones; tiene el pelo suelto, negro y largo. A su lado están su hermano de diez años, su madre Hilda de 38 y el padrino de boda de sus padres. Todos sonrientes posan para la foto con el mar de Río de Janeiro de fondo.

No están de vacaciones. Habían escapado a Brasil en busca del exilio. “Mi vieja le comió el coco al milico (militar) de la frontera para que nos deje pasar a ver las Cataratas de Iguazú del lado brasileño, lo convenció de que volvíamos enseguida. Terminamos en Río de Janeiro, viajábamos con lo puesto, ni un bolso de mano llevábamos, nos lavábamos la ropa por las noches y al otro día nos volvíamos a poner lo mismo” cuenta a 34 años de aquella foto. “Un cónsul hijo de puta le llegó a pedir sexo a mi vieja a cambio; imaginate lo que habrán pasado tantas otras mujeres desesperadas”, dice con bronca la Gallega. Finalmente consiguieron el asilo político en Suecia.

Esa niña llegó a la tierra de Lisbeth Salander y se hizo mujercita. “Me incomodaban las tetas, yo solo pensaba en saltar la soga y jugar a las muñecas, como queriendo recuperar la niñez perdida”, recuerda mientras mira la foto de ella tirada, junto a un equipo de música, en el piso de su casa en Suecia.

REGRESO A LA ARGENTINA

“Y a dónde voy, siempre voy a buscar lo que es mío, aunque el planeta termine en un círculo y el final es en donde partí”, canta la legendaria banda de rock argentino La Renga en uno de sus grandes éxitos.

Karina ya hablaba cuatro idiomas: español, sueco, catalán e inglés y pronto aprendería el quinto: portugués. Había viajado por toda España y algo de Europa trabajando de camarera, de vendedora y de mil cosas. Había ocupado varias casas; en el Movimiento Okupa había un lema: “Por cada desalojo, resistencia y otra toma”. Ya se había hecho punk y conocido las drogas. Tenía un sobrino y muchos amigos “Mi casa era de la peña”, cuenta orgullosa. Después de diez años de andar juntos se había separado de su pareja, a quien le decían Chinaski por el personaje del escritor Charles Bukowski. Él ya quería tener hijos y la Chinaska (como le decían a Karina en sus épocas más punkies y anarcas) no estaba segura, no podía ser madre, sin antes resolver la historia de su padre.

- ¿Qué vas a hacer allá? Le preguntó un amigo.

- Tío -respondió- tengo cosas pendientes en Argentina.

En 1998 volvió al país que dejó de niña y se convirtió en la Gallega. No perdió el tiempo: hizo la denuncia por la desaparición de su padre y se acercó a Madres de Plaza de Mayo para saber más al respecto. Empezó a militar en H.I.J.O.S. con quienes hizo sus primeros escarches: con 5 mil compañeros al hoy condenado a reclusión perpetua por genocidio, Miguel Etchecolatz, y ella sola en el Congreso al “Turco Julián”, un represor hoy condenado por delitos de Lesa Humanidad. “Ese día salí en todos los medios”, cuenta. También organizó marchas y pintadas, y junto a la Agrupación Venceremos participó de la recuperación de la casa en el barrio de Munro donde funcionaba el local de la Juventud Peronista (JP) en 1974, un lugar de encuentro de la JP Zona Norte. “Cuando la ocupamos lloré toda la noche. Al día siguiente hablé a Barcelona para contarle a mi vieja y me dijo: `Claro Karina, si estás en donde se juntaba tu viejo con sus compañeros cuando eras chiquita`. Yo sentía la energía”, asegura ella.

Con una militancia de base a tiempo completo se fue a Brasil a encontrarse con compañeros de lucha de Latinoamérica. Como la Gallega de eso no habla, este cronista fantasea que se fue a visitar a esos amigos latinoamericanos de los que le hablaba su padre de pequeña.

CARANDIRU
“Las canas me salieron en cana (presa)”, asegura la Gallega. De Brasil se trajo para siempre, además de la costumbre de teñirse el pelo, el título secundario y una miopía que ni ella sabe de cuánto, “En Carandirú apagaban las luces y yo me quedaba leyendo con la luz de la tele, así me jodí la vista, tengo leídos más de quinientos libros”, por eso Karina siempre trae colgando unas gafas pequeñas y de marco color vino que se calza cuando lee.

Ahora lee un mail que le trajo impreso la Chechu. Es sobre un próximo encuentro de H.I.J.O.S. en donde se tocarán varios temas. Mira por encima de los lentes y me señala apuntándole con el dedo. En el punteo se lee primero: “Reformular la estrategia para ayudar a la Gallega”.

Con motivo del día de la madre en Brasil, Karina había recibido a la suya. Ese día, Hilda salió de Carandirú con un revolver apuntándole a la sien, mientras una muchacha se desangraba durante un motín en la cárcel paulista. Espantada, sintió que debía hacer algo para llevarse a su hija a la Argentina.

El 8 de marzo de 2006, día internacional de la mujer, Hilda logró entrar al acto de Casa Rosada y cuando pudo, se acercó a Néstor Kirchner. “Esto es para usted” le dijo acercándole una carta; uno de los ministros quiso agarrarle el sobre, entonces Hilda se plantó e insistió: “No. Es para él”. El presidente argentino la escuchó y extendió su mano, agarró el sobre y se lo guardó en el bolsillo. Meses después, de acuerdo a un tratado bilateral con Brasil sobre presos condenados, comenzó la gestión de traslado, lamentablemente para la Gallega 59 días anticipados, lo que le impediría posteriormente acceder a las salidas transitorias, aunque claro, esto ella no lo sabía.

EZEIZA
En una entrevista a Pagina/12, la Galle dice que lo primero que haría al salir es mojarse en agua de lluvia y tomarse una cerveza.

- ¿No tomaste ni una cerveza en los diez años que llevás detenida?, pregunto.

- Solo una, responde Karina. Cuando me trasladaron, en el avión convencí a las dos chetas de Interpol que me custodiaban, y me dejaran tomar una latita de Quilmes, cuenta y sonríe.

Llegó a Ezeiza de madrugada. Allí la esperaban: el abrazo de su madre, el abogado y una comitiva de H.I.J.O.S. con pancartas de apoyo. Enseguida la trasladaron a tribunales para que decidieran en que penal la alojaban.

El consulado argentino en Brasil le había dado la opción de elegir entre la cárcel de Ezeiza o la de Cavia y Figueroa Alcorta en Palermo Chico (uno de los barrios más elitistas de la ciudad de Buenos Aires). Karina le pidió a su gente que le averigüen todo al respecto. La de Palermo es una especie de cárcel VIP que está en el primer piso de la Unidad Antiterrorista, donde también funciona Interpol y la Policía Montada, allí había estado detenida María Julia Alsogaray, ex secretaria de Medio Ambiente condenada por enriquecimiento ilícito.

“Me voy con las comunes a Ezeiza”, dijo aquel día Karina. “Y ni lo dudé”, hoy agrega.

Primero estuvo en el pabellón de ingreso durante dos meses. “Las pibitas lloraban 24 horas por día”. Actualmente está en el 14, para condenas largas y de buen comportamiento. La Gallega tiene diez de conducta y nueve de concepto. Ahí hay doce celdas, igual cantidad de compañeras. La más vieja 57, ella 46 y la más joven 23. “Algunas pendejas me dicen doña, me quiero matar”, confiesa que siente que los años se le vienen encima. Su celda es la última del pabellón, duerme con la reja abierta y con música en oído porque “acá hay unas cucarachitas que se te meten en las orejas”. Es de dos metros por tres. Cama, mesita y silla “todo atornillado al piso”. También tiene esas repisas tumberas que ella misma hace con cartón pegado, “las cuelgo a la pared con tela, las tengo llenas de libros”, cuenta la Gallega.

Según el croquis que dibujó en la libreta que llevo (no está permitido el ingreso de grabadores ni cámara de fotos a las visitas), el teléfono está pegado a la reja de entrada al pabellón y a la oficina de las bichas, no muy lejos de la cocina. Donde hay televisión, heladera y una mesa de madera. Es el único con patio propio, ahí tienen una huerta con morrones, cebollitas, cilantro, perejil, acelga, tomate y flores. Las mujeres presas no abandonan el rol de jefa de hogar, hacen las compras con el Coto virtual (supermercado) y cocinan todo el día para sus hijos o maridos. “Hay casos de chicas que renunciaron a la libertad condicional por que acá tienen trabajo y con esa plata siguen manteniendo a la familia.” Con la condicional no les devuelven el documento y nadie las emplea si saben que están presas.

- Dijiste que del hecho y de tus compañeros de causa no hablás. ¿Se puede saber cómo los conociste aunque sea?, pregunto con inocencia.

La Gallega mira a Chechu de costado, le da una pitada larga al cigarro, y levantando una ceja responde: “Esa pregunta me la hicieron todos los servicios de inteligencia: ¿Dónde conocí a Norambuena?” (ex jefe del Frente Patriótico Manuel Rodríguez FPMR, que se escapó de una prisión chilena de máxima seguridad en un helicóptero). De eso no habla y trae a la ronda, tal vez, su más doloroso recuerdo.

Marzo de 1974, Karina y su hermano, de 10 y 8 años, volvían felices con su padre de una quinta en Del Viso, provincia de Buenos Aires, donde con asado y vino se había celebrado una reunión nacional de Montoneros. Aquella tarde los interceptó un grupo de tareas que luego sería la Triple A (Alianza Anticomunistas Argentina), dirigida por José López Rega. “Empezaron a salir monos por todos lados, armados hasta las bolas”, rememora con angustia Karina. Los llevaron detenidos a una comisaría de Villa Martelli y los metieron en una misma habitación, pero separados por un biombo que no les dejaba ver del otro lado, donde estaba su padre siendo interrogado. Karina y su hermano lloraban desconsolados. “No lo veíamos, pero escuchábamos como lo torturaban para que cante; él con la voz cada vez más cortada por los golpes solo repetía `Saquen a los chicos’”. Rocco Germano no cantó. Ahora se entiende por qué la Gallega cuenta, pero no canta.















PABLO RUBINO (Buenos Aires, Argentina). Estudia periodismo en TEA, trabajó en Televisa México y fue colaborador de Radio Cooperativa. Actualmente trabaja como diseñador web y sufre por Ferro. Se futuro es incierto.

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