domingo, 23 de octubre de 2011

DOS DÍAS CON UNA COMUNIDAD VRINDA DE HARE KRISHNAS EN CHILE

Por Javiera Quiroga Huneeus


Han sido tildados de excéntricos y raros por la gente y otras religiones. No obstante, el mérito a la convicción lo tienen ganado: renunciaron a sus vidas y hasta a sus nombres con el objetivo de adorar a Dios. Cambiaron sus hábitos de comida, de consumo y su cotidianidad para todos los días, sin excepción, cumplir con ceremonias de veneración a cabalidad. Pero no les importa, pues esto los llena y hace feliz, aunque nadie más que ellos mismos entienda o comparta su pasión. Aquí, las historias de Vrajapriti Das y Mahatma Das, dos devotos que se encontraron con la corriente desde temprana edad





1.
Suena el despertador y toda la comunidad del templo de la misión Vrinda (Instituto de Vrindavan para la Cultura y Estudios Vaisnavas) se dirige al baño. Después de una ducha breve, es hora de ponerse la ropa devocional: una limpia y descontaminada, con la que no se come ni va al baño jamás. El cielo está más oscuro que la boca de un lobo. Santiago duerme. Recién son las 3:15 y el día ya comenzó para ellos que duermen poco, cerca de seis horas, y se acuestan no más allá de las 20:00.
A continuación, el grupo de quince personas se dibuja 12 tilaks (marcas sagradas) en distintas partes del cuerpo, con barro traído desde la India. Para cada una, deben recitar un mantra (oración), que simboliza a Dios poniendo sus pies en el cuerpo del devoto. Luego, caminan hacia al altar. Son las 3:30 en punto y es hora de despertar a Krishna, su figura máxima, su Dios.
La mangal arti (ceremonia) comienza una vez que las cortinas del altar se abren y aparece Krishna, una estatuilla de un hombre azul tocando flauta. Tiene una pluma de pavo real en la cabeza y lleva, también, un collar de flores alrededor de su cuello. A sus costados, hay dos estatuas femeninas del mismo porte, pequeñas, pero sus caras son de color piel. Se trata de Caitanya y Srimati Radharani, dos formas internas de Krishna. Debajo de los 3, que están en la cúspide de un mueble grande—simbolizando el mayor grado de importancia en la jerarquía—, se encuentran enmarcadas las fotos de los siete principales discípulos de la comunidad, que también son los más contemporáneos.
Cuando el pujari (sacerdote) toca una caracola, se da inicio al aratika, la ceremonia de adoración. Algunos devotos poseídos, cuya concentración les impide percibir lo que pasa fuera de la sala del ceremonial, sentados a lo indio, de frente a Krishna, aplauden con los ojos cerrados y mueven sus espaldas de lado a lado mientras cantan canciones en sánscrito, que van acompañadas de la música que proviene de las mridangas. Los cantos son cada vez más fuertes y las melodías más rápidas. Pero el momento es breve. Se recita el Mahamantra Hare Krishna para las 108 unidades que tiene el japamala (rosario). “Hare Krishna Hare Krishna Krishna Krishna Hare Hare Hare Rama Hare Rama Rama Rama Hare Hare” dicen una y otra vez, y en cada frase están más extasiados que en la anterior. Los movimientos son más bruscos, las palabras más marcadas y pareciera que las mridangas van a explotar de lo fuerte que las golpean. Lo que más impresiona es que este grupo nunca pierde la coordinación, se saben la rutina de corazón: no se equivocan. Aunque reciten en otro idioma, van todos al mismo ritmo. “Hare Krishna Hare Krishna Krishna Krishna Hare Hare Hare Rama Hare Rama Rama Rama Hare Hare”, continúan.
Tal como termina una orquesta, de golpe, en el mantra 108 se detiene lo que para mí ha sido una tortura, con el cierre del altar y la desaparición de Krishna. Pero esto recién empieza: ahora toca adorar a la tulsi, un arbusto morado que representa la devoción por Dios. No obstante, la planta no está presente físicamente, sino que se encuentra enmarcada en el altar, al lado de las fotos de los discípulos. Después de una puja (canto) que se hace mirando fijamente al marco, y como si no hubiera sido suficiente, toca la meditación personal.
Los devotos salen del templo y cada uno se instala en un rincón o un lugar que les acomode. Permanecen en completo silencio hasta que son llamados a una clase de yoga. Sólo tras su término y el de la lectura de escrituras en sánscrito, a las ocho de la mañana, cuando ya han alcanzado un alto nivel de espiritualidad y conexión con Dios, se permiten tomar desayuno. Consiste de, entre otras cosas, avena con miel y pasas, frutas, pan integral y jamón orgánico en base a trigo.



2.
El templo Hare Krishna de la Comunidad Ecológica de Peñalolén está lleno. Hay niños, familias enteras, curiosos y devotos de la religión, compartiendo unos con otros. Son las 14:30 de un domingo cualquiera.
Después de una clase de yoga abierta para toda la comunidad, en la que prefiero no participar por mi falta de elasticidad y experiencia, viene lo que, probablemente, la mayoría de las personas que no son adeptos a la religión vino a buscar: un almuerzo gratis. Consiste en sabji, un guiso de verduras, arroz dulce y al curry, ensaladas y puri, unas tortillas preparadas por Rada, el panadero del templo. De postre hay halava, sémola tostada con mantequilla y leche. No hay carne, pollo, pescado, ni huevos, pues su ausencia en la vida es uno de los cuatro principios en los que se basa esta religión, además de la renuncia a cualquier sustancia que lleve a la intoxicación del cuerpo y la mente, como el alcohol, las drogas y el cigarro.
Dos devotos pacientes reparten la comida para todos los asistentes en bandejas plateadas, mientras la gente se agrupa en el jardín y se sienta en el suelo. Hay música y alegría. Un grupo de monjes toca didgeridoos y tambores para su público, que aplaude y escucha atento, al mismo tiempo que se mueve y cierra los ojos. Todos se expresan sin miedo ni pudor. Todos conversan y se saludan. Todos se ven amenos y en confianza. Aquí nadie juzga ni discrimina. Todos son bienvenidos. Lo que sí se espera es que al final del día los invitados dejen una colaboración. El templo debe mantenerse de alguna manera.
A las 16:00 en punto se detienen las actividades sin que nadie lo anuncie. Todos deben sacarse los zapatos, entrar al templo, dar una reverencia hacia el altar y luego sentarse sobre el suelo en unos cojines. Es hora de saludar a Krishna por cuarta vez en el día, que a las 16:15 en punto aparece detrás de la cortina que lo cubre. Su aparición es acompañada de cánticos y discursos de los devotos. Los hombres se instalan adelante y las mujeres atrás, en una evidente señal de protección.
Concluido el ritual, la mayoría de los curiosos y los adeptos que no viven en el templo se retiran y vuelven a su rutina. En la Comunidad Ecológica de Peñalolén quedan los que tomaron el Vaisnavismo (corriente que se dedica a profesar amor por Krishna) como una opción de vida. Entre ellos está Vrajapriti, jefe de la comunidad, que, en realidad, en el registro civil de Chile figura como Ian Cruz. No obstante, el segundo es un nombre que desechó hace diez años, cuando decidió irse a vivir al templo, a sus 18.




3.
Cuando sólo tenía 14 años, Ian Cruz, hoy de 29, tuvo su primer encuentro con la corriente Hare Krishna. Se dio a través de un libro que dejó su madre en el velador. Sin embargo, no fue hasta los 18 que decidió unirse a la religión y llevar a cabo una vida de templo, una decisión personal para la que adoptó el nombre espiritual de Vrajapriti. Al igual que todos los que viven en su comunidad, lleva el apellido Das, que significa sirviente.
Vrajapriti vive en el templo de Peñalolén hace seis años—antes estuvo cuatro más en otro— y es su director. No obstante, ya no pasa tanto tiempo en él como antes: ahora, debe preocuparse de la administración de Vegusta, su negocio de producción y distribución mayorista de alimentos vegetarianos, que queda a pocas cuadras del templo. Pero para no incumplir con los ritos de tradición, todos los días se despierta religiosamente a las seis de la mañana para participar en la meditación, las actividades matutinas que queden a esa hora—¬lecturas en sánscrito y cantos—y el desayuno con el resto de los devotos.
Durante los últimos dos años, desde que abrió, se le puede ver desde las 8:30 hasta las 19:00 instalado en las disposiciones de Vegusta. Es muy distinto verlo en su faceta empresarial, sentado detrás de un laptop, hablando por celular para organizar pedidos de jamón, vienesas y hamburguesas, despachando los productos desde a Arica hasta Puerto Varas y encargándose de la contabilidad del negocio, que vistiendo el khurta y el dhotis (la ropa devocional) que usa en el templo.
A pesar del cambio, ni siquiera en el trabajo se olvida de su fuerza motriz y la que lo impulsa a recaudar dinero: la cultura Hare Krishna. En su pequeña oficina encontró espacio para inmortalizar en fotografías a sus dos maestros espirituales: Paramadvaiti Swami (alemán) y Atulananda Das (chileno), además de Krishna, que también se hace presente en un cuadro.
En Vegusta, Vrajapriti trabaja con su amigo de infancia Govinda Das, también devoto, aunque ya no vive en el templo, que se encarga de elaborar los embutidos en una salita anexa a su oficina. Parece una especie de carnicería, pues hay dos mesas metálicas grandes con máquinas para cortar y dar forma a los productos en donde se lleva a cabo la mayoría de la acción. También hay una repisa llena de ingredientes para condimentar y múltiples basureros negros para los deshechos. Si alguien desea entrar aquí, debe usar gorra, mascarilla y delantal, tal como lo hace Govinda (en realidad, Eduardo Arias, 30) para no contaminar los alimentos.
Las vidas de Vrajapriti y Govinda se centran en la religión y este negocio. Y para los que se preguntan cómo se divierten personas jóvenes como ellos, que pertenecen a movimientos del tipo Hare Krishna, en los que no se bebe ni fuma, finalmente tengo respuestas. Cuando les pregunto si extrañan el alcohol y el desenfreno, se largan a reír. “La idea es no hacerse dependiente de un estimulante para pasarlo bien, sólo hay que elevar la conciencia”, dice Vrajapriti y agrega que la bebida y las drogas lo único que hacen es adormecerla. “Además, inhiben la realidad”, afirma Govinda.
Tal como el resto de los mortales, durante el fin de semana, Vrajapriti hace asados en el templo, pero con una diferencia: todo lo que se tira a la parrilla es de procedencia vegetariana. Aquí no hay espacio para la carne ni la violación de las reglas. Vrajapriti y Govinda se ponen con productos de Vegusta para todos los devotos y sus amigos que quieran ir, pero en vez de compartir en torno al trago, lo hacen con exceso de canto y baile. La mayoría de los fines de semana tienen eventos religiosas. Pero no todo se reduce a fiestas y parrilladas veganas.
Vrajapriti y Govinda son parte de “Govinda Shakti”, un grupo de música hindú-fusión que ya tiene tres discos de canciones folklóricas de India, escritas en sánscrito. Con su banda asisten a tocatas y matrimonios, que incluso los han llevado a hacer su show en lugares de la talla del hotel Grand Hyatt de Santiago. Mientras Vrajapriti y Govinda cantan, sus esposas—que al igual que ellos visten ropa hindú y están maquilladas con los tilaks—, bailan para el público. Además, para hacer el negocio redondo, Vrajapriti presta servicios de sacerdocio, con los que ha casado a personas tanto de su congregación como externas. De esta manera, cuentan con los implementos y las decoraciones necesarias para montar un auténtico altar hindú. También ofrecen hacerse cargo de la banquetería, por ende el que quiera un matrimonio diferente, idéntico a los que se celebran en la India, ya sabe dónde encontrarlo.
Es decir, actividades no les faltan. De hecho, Vrajapriti siempre está ocupado y le falta tiempo para aburrirse. A largo plazo, su meta es mantenerse fiel a la corriente Hare Krishna y como todavía no tiene hijos, vivir en comunidad en el templo lo máximo que pueda. También, pretende seguir desarrollando Vegusta, para así expandir el gusto por los alimentos saludables que inculca su religión.
Por otra parte, tiene una asignatura pendiente que quiere cumplir: visitar a sus padres, a quienes no ve hace más de 10 años, a Estados Unidos. Como antes no estudiaba ni tenía un negocio con el cual respaldar que su vida es en Chile, nunca pudo acceder a sacar la visa estadounidense. Pero ahora que su emprendimiento está andando, es una de las prioridades en su agenda.




4.
Cuando Claudio Julio (31) descubrió el libro “La Ciencia de la Autorrealización”, sólo tenía 16 años. Si bien le pertenecía a un amigo con el que cantaba en un grupo de hip-hop, recuerda que “quedó flechado” con el devoto que aparecía en la tapa. Pero no fue hasta los 22 que tuvo su primer encuentro cara a cara con la cultura Hare Krishna, cuando, insatisfecho con su situación personal y su visión del mundo, decidió irse a mochilear rumbo a una congregación franciscana en Arica.
Su destino se vio interrumpido en La Serena, cuando decidió pasar a conocer a los hermanos Krishnas, sobre los que le había contado un amigo. No obstante, la visita no partió por una inquietud religiosa: Claudio estaba enterado de que los Hare Krishna les daban comida a quienquiera que pasara por su templo. Por ende, quiso ir a probarla. Y la sorpresa fue suya.
Apenas entró, el lugar lo cautivó. Como Claudio vivía solo desde los 14 años porque se llevaba mal con su padrastro, para él el lugar era un santuario de sanación: había energía familiar y festiva, aunque era un miércoles común y corriente. Durante el almuerzo, en el que interactuó con todos los devotos, sólo se habló de Krishna y eso llenó su necesidad afectiva. Cuando terminó, lo invitaron a quedarse tres días más, para celebrar el cumpleaños de Krishna. Aceptó. Y como regalo para él, embelleció el jardín del templo con unas herramientas que le prestaron.
Durante esos tres días, experimentó muchas cosas por primera vez: la comida, la música y los ritos. Pero Claudio se fue a Quinteros y durante un año volvió a su vida de siempre: una llena de intoxicaciones y vacíos emocionales. “Sentía que estaba en nada después de conocer algo tan bonito”, recuerda. Entonces Claudio le hizo una petición a Krishna: que lo ayudara a salir adelante, porque él no podía solo. A cambio, si es que lo hacía, le prometió que le entregaría su vida.
Tres días más tarde conoció a un devoto de Quilpué que lo invitó a su templo. Claudio tomó el encuentro como una señal de Krishna y no dejó de ir a visitarlo nunca más. También fortaleció su decisión de encomendarle su vida y por eso hace nueve años y medio ejerce el celibato a cabalidad y está a completa disposición del templo en el que vive y de sus maestros espirituales. Como Claudio es un brahmacari y escogió la vida de soltero, cada cierto tiempo, y dependiendo de las necesidades de cada casa religiosa, peregrina predicando el mensaje de Krishna. Por su voto célibe, debe usar ropa distinta a los demás, de color azafrán.
Hoy su nombre espiritual es Mahatma Das y ya no imagina una vida separada de los devotos. Ellos y Krishna lo rescataron de lo excesos y lo recompusieron, porque aprendió que era orgulloso, que estaba lleno de odio, ira y rencor. Le aconsejaron acercarse a sus parientes y eso salvó su relación familiar. Hoy la madre de Mahatma es una orgullosa de su hijo. Tanto, que incluso fue a ver a uno de sus maestros espirituales para agradecerle y demostrarle la honra que le produce su devoción. Además, siguiendo su ejemplo, su hermana se volvió vegetariana. Es decir, el respaldo familiar es absoluto.
Las metas de vida de Mahatma son permanecer en esta religión, vivir muy ligado a los devotos y mantener su promesa. También le gustaría conocer Colombia e India. Y sueña con instalar un templo en algún lugar en el que no haya Hare Krishnas. Pero, por ahora, es el responsable de llevar a cabo la administración del templo de la Comunidad Ecológica de Peñalolén, de asegurarse de que no falte nada y de que la contabilidad esté al día. Además, debe velar para que las prioridades que eligen en las reuniones semanales se lleven a cabo y se cumplan y porque el SEVA (Servicio Editorial de Vaishnava Acharyas) funcione bien. Es decir, que esté difundiendo la conciencia Krishna.



5.
Después de pasar dos días con devotos Hare Krishna, tengo algunas conclusiones. Hay algo que nunca me dejó de impresionar y que admiro sobremanera: la convicción que los mueve. Jamás he sentido un nivel de pasión y amor similar por algo y he estado dispuesta a renunciar a tanto por ello. Probablemente, ya no encontré esa fuerza. Los Hare Krishna verdaderamente viven en función de su religión y, a diferencia de lo que piensan muchos, no tienen como misión reclutar a adeptos. Lo único que les interesa es enseñarles sobre su cultura y sobre Krishna a los demás y disfrutar de una vida sana. Lo que importa es que las personas decidan si quieren unirse, pues para que perduren en esta religión, se les debe producir una necesidad interna muy fuerte que les permita mantenerse alejadas de los vicios y las intoxicaciones. Hay que tener mucha determinación para adoptar los hábitos de comida, los ritos y el estilo de vida de la religión en general y eso sólo se logra a través de una decisión personal; no por la influencia o la intervención de un tercero.
Por otro lado, si bien una de mis máximas inquietudes fue el contraste que se producía entre el nivel de compromiso que tienen ellos con la vida en comparación a mí, no pude dejar de apreciar mi vida. Sólo pensaba en volver a mi casa a escuchar mi música, en tomarme mis infaltables piscolas del fin de semana con mis amigos y en pegarme el trasnoche del que tanto nos reímos cuando comentamos al otro día. No podía desprenderme del pensamiento de volver a hacer precisamente todo lo que ellos evitan. Personalmente, jamás podría adherir a una corriente en la que tengo tan poco control y poder de decisión sobre lo que debo hacer o dejar de hacer.
El último día, cuando me despedí de Vrajapriti y de Mahatma, sentí alivio. Pero no por no verlos más, porque hasta les agarré cariño, sino que por volver a mi mundo. Alivio por regresar a un lugar en el que decir que me encanta el asado y el cigarro es normal, sin ser hereje. Me muero con su vida. Y ellos con la mía.






JAVIERA QUIROGA HUNEEUS (Santiago, Chile) Tiene 24 años, salió de The Grange School y egresó de la Universidad Finis Terrae en julio de 2011. En 2010 hizo la práctica en los diarios estadounidenses Miami Herald y El Nuevo Herald. Luego, en 2011 hizo práctica en Economía y Negocios de El Mercurio, donde trabajo hasta hoy.

4 comentarios:

  1. ESTIMADOS HERMANOS:
    Solicito confirmarme como la madre Ganga del río Ganges hindú. Mis secuestradores que protegen a mis calumniadores me sabotean con ustedes para conversiones preliminares distorsionadas. Ustedes son mentecatos en obedecerlos. Quizás ustedes tambien sean impostores por represalias de Richard Shaw del proyecto Vrinda de Guatemala.

    Atentamente:
    Jorge Vinicio Santos Gonzalez,
    Documento de identificacion personal:
    1999-01058-0101 Guatemala,
    Cédula de Vecindad:
    ORDEN: A-1, REGISTRO: 825,466,
    Ciudadano de Guatemala de la América Central.

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  2. Solamente publicaron ésta mierda para sabotearme con Richard Shaw especuladores.

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  3. Solamente publicaron ésta mierda para sabotearme con Richard Shaw especuladores.

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