martes, 1 de marzo de 2011

RETRATO A COLOR DE UN NIÑO FELIZ

por Denisse Ferré

Desde esa noche, Damián casi no diría más la palabra mamá por seis años. No sentiría sus mimos al dormir ni su voz diciéndole que coma toda la comida, ni un tirón de orejas.





I

Desde esa noche, Damián casi no diría más la palabra mamá por seis años. No sentiría sus mimos al dormir ni su voz diciéndole que coma toda la comida, ni un tirón de orejas.
Según el almanaque es 5 de junio de 1972 y ya habían comenzado en Uruguay los sucesos que antecedieron a la dictadura que transcurrió de 1973 a 1985. Damián es un niño rubio de pelo lacio como la lluvia y vive en Fray Bentos, un pueblo al noroeste del país en donde el río desfila a diario tupido entre Argentina y Uruguay.
Hace tres meses sus padres le regalaron una hermanita de ojos grandes a la que llamaron Sylvia. Ambos eran consientes de que iban a caer en cana en algún momento y no querían dejarlo solo. Es de noche y este niño camina por largo rato con sus padres y su hermana en cochecito por la rambla fraybentina.
Sabían que los iban a agarrar en poco tiempo y que podía ser cuestión de horas. Los dos eran tupamaros, Nora y Carlos, sí, igual que ese compañero del MLN, José “Pepe” Mujica, que no sabía en ese momento que en 2010 sería el presidente de todos los uruguayos. Ambos sabían que tenían dos claras posibilidades: irse a Brasil esa misma noche los cuatro juntos como familia o quedarse en Fray Bentos y tratar de pelearla, por más que esto tuviera como consecuencia caer presos o separarse de sus hijos por tiempo indeterminado, o quizás para siempre. Podían optar por los niños, lo consideraron, pasó por su cabeza esa idea como tantas otras cosas correrían como ríos salvajes en esas dos mentes. Pero irse a Brasil implicaba un sacrificio:

Abandonar la lucha armada.

Y eso era algo impensable para ellos.



II



- ¿Cómo viviste el momento de dejar a los niños con las abuelas sin saber por cuánto tiempo no los ibas a ver?

- Hoy esto suena como una locura, una anormalidad, pero en ese momento la lucha armada era un hecho concreto, todos estábamos involucrados al máximo, por tanto la gente que estaba en el Movimiento de Liberación Nacional, que tenía conciencia de lo que estaba haciendo tenía muy claro que o iba a ir preso o lo iban a matar. También podía llegar el triunfo, pero lo veíamos muy lejano y ni pensábamos en eso. Nosotros teníamos muy claro que en algún momento los íbamos a tener que dejar” me dice Nora convencida con unos ojos más brillantes que el cristal de sus lentes y su pelo lacio y plateado de maga.

Esa muchacha, tenía 23 años y ni sospechaba que en 2004 iba a ser electa diputada por el Departamento de Río Negro.

III
Tras bajar tres escalones ya se está en el taller. Al fondo, donde la habitación se hace más fina, cuelgan de una soga un montón de telas pintadas con enérgicos colores, son como explosiones de pintura con rostros sin ojos. Exactamente 16. Hoy Damián tiene 40 años, es pintor y trabaja en un estudio de arquitectos. Es lunes 21 de diciembre de 2010 y son las 6 de la tarde en la Ciudad Vieja, la parte antigua de la Montevideo donde los turistas caminan, se abrazan y miran.
Entre parkings y almacenes se ve un local que tiene inscripto en el vidrio con pintura blanca: Atelier Ibarguren.
El pintor realiza los últimos retoques de una serie que abarca 16 recuerdos de su infancia. Su pelo ya no es rubio, es castaño como una almendra y algunas canas tímidas germinan en su cabeza. Es casi tan alto como la puerta y flaco. En sus pies lleva alpargatas y tiene una camiseta y una bermuda verde en la que se ve alguna mancha de pintura azul. Su piel es clara con lunares y parece suave. “Estos son los recuerdos que yo tengo, andá a saber la realidad cómo era” me dice como advirtiéndome. Él llama a sus cuadros Postales de un mundo feliz, y en ese mundo están incluidos los momentos que eligió del período dictatorial.

El calor es insoportable y toda la ciudad parece estar pegoteada de la melaza de los osos goomies.


IV

Muchas familias se rompieron como un papel viejo, exilios, integrantes extirpados como un órgano del cuerpo, desapariciones. Nora tuvo que pasar a la clandestinidad. Un día de noche se fue en una bicicleta que le habían dejado cerca de su casa apoyada en una pared y pedaleó y pedaleó. “Yo estaba preparada para ir presa, para que me maten, pero no estaba preparada para el exilio” me dice Nora mirándome entre fija y pedaleando. En horas sus pies transitarían Chile.

Damián se quedó con la abuela materna y se mudaron a Paraná Argentina y luego a Buenos Aires y Sylvia viviría con la abuela paterna. Mientras abuela Reina, gestionaba las cosas en Paraná el niño de pelo lacio se quedó con su bisabuela, La Nona, en Fray Bentos. Damián tenía a su padre preso y a su madre en algún lugar del mundo que no conocía.
No sabía lo que era una dictadura militar, la tortura, los gremios estudiantiles u obreros, la represión, ni tampoco lo que era el MLN.
Lógico, era un niño de cuatro años, aunque no demoró mucho en tener que tenerlo claro. Damián sabía que había cosas que no le podía contar a nadie y no las contaba.

Si bien los adultos tenían gente de confianza con quien compartir las cosas que estaban viviendo, él como pibe que era no tenía otros niños a los que pudiera decirles: mi papá está preso y no sé dónde está mi mamá o simplemente tener alguien con quien jugar y olvidarse de todo.
Al lado de esa casa vivía un viejito llamado Raúl Lespada que arreglaba máquinas de coser. Damián lo recuerda como la única persona de confianza que le daba tranquilidad, con la que podía hablar de sus cosas, quien le decía que su padre estaba bien y que todo eso iba a pasar pronto.

V

Damián se balancea en la hamaca de jardín que tiene en su taller mientras me cuenta que recuerda su infancia como solitaria, sin ningún gesto de congoja en su rostro.
No podía tener amigos ni invitar a sus compañeros, no iba nadie a su casa. Jugaba solo. Los rastring fueron sus compinches, esos ladrillitos con los que ese niño construiría quién sabe cuántos escenarios de quien sabe qué realidades posibles que atravesaban sus pensamientos y sus deseos.

Ese niño de pelo rubio también vivió la clandestinidad.

Veía poco a su hermana y tampoco jugaba mucho cuando la veía porque para él era casi una desconocida. Cuando iban a la casa de su abuela paterna en Fray Bentos les sacaban las típicas fotos juntos posando, un acto muy forzado, porque no compartían sus cumpleaños, ni eran cómplices en sus aventuras, ni se conocían, todavía.
Las abuelas estaban peleadas, esto le agregaba un elemento extra de tensión a la situación. Las dos tías paternas de Damián estaban casadas con militares de alto rango, por lo que la información que podía manejar la familia paterna era limitada por la seguridad de los niños y de Nora. Para Damián era como ir a ver al bando enemigo.

Un día, en uno de los viajes de Argentina a Montevideo metieron presa también a la abuela Reina, por lo que Damián volvió a estar otra vez con su bisabuela, pero por poco tiempo hasta que largaron a Reina.
Damián se adaptó bien a esa vida. A ser “el uruguayo” en Paraná, a viajar a su país seguido pero no vivir en él, y a no tener a su madre y a su padre en casa para que lo mimen o le enseñen a lavarse los dientes.

VI
Libertad de cemento
Carlos fue preso al penal de Libertad. Lo ubicaron en la parte de las barracas, donde estaban los reclusos que no tenían un grado de peligrosidad tan elevado.
Reina llevaba a su nieto a Uruguay a ver a su padre casi todos los meses. Para Damián y los demás niños era difícil reconocer a sus padres porque estaban todos pelados, de bigote y con el mismo mameluco. Y allí llegaban sus padres a ellos, enérgicos a abrazarlos y hacerlos volar por el aire. Antes de entrar a la mole de cemento rectangular que es el penal estaban las oficinas de los militares. Cada vez que llegaba a ese lugar Damián se preguntaba por qué su padre no estaba trabajando ahí adelante en vez de estar en las barracas, debido a que los militares también eran pelados y uniformados y él no veía mayores diferencias entre ellos y su padre y fantaseaba cada vez con que al llegar lo iba a encontrar allí, trabajando en las oficinas.




***


- ¿Nora, no tenés alguno de esos juguetes que Carlos le hacía a Damián acá? Le pregunté en su casa de Fray Bentos donde hoy vive, pegado a donde nació Damián en una calle que tiene la bajada justa para tirarse en bicicleta sin pedalear y la que corre casi en paralelo al Río Uruguay.

- Sí, tengo guardada la cosechadora, dice con total normalidad.

Luego de que terminamos de charlar y salimos a tomar aire, Nora me llama:
- Te estoy armando la cosechadora Denisse, me dice gritando bajo desde adentro.

- ¿¿¿La tenés vos????? Le contesta Damián asombrado y sin esperar respuesta mientras que se levanta rápido para ir a verla.

- Caminamos por el corto pasillo rumbo a la cocina cuando me mira y me dice sonriendo: “No me gusta esto de que manejes más información que yo”. Madre e hijo se ponen a jugar con la cosechadora multicolor, a observarla y ríen recordando. Nora saca de una caja también un avioncito celeste y blanco, “¡mirá el avioncito! ¡Eran tres!” dice Damián mientras se lo coloca en la mano como si fuera un nido.
Para él era normal no jugar con otros niños, quizás porque era un niño muy tímido y porque no había conocido otra cosa. Hoy a sus 40 años no recuerda sus cumpleaños antes de Suecia ni los de su hermana.

En 1978 llegó Mariana a la casa de Damián y Reina. Era una mujer peruana que iba a realizar tareas en su casa. Eso era lo que el niño decía si alguien preguntaba, pero la que había vuelto después de seis años sin verlo era Nora, su madre.

Era muy temprano en la mañana cuando Nora atravesó la puerta mientras su hijo dormía con su pijama. Damián era un niño muy dócil y no le cobró a su madre los años que no estuvo con él, o al menos así lo sintió Nora. Iba a ver al fin a su hijo, del cual últimamente solo había visto alguna foto, no conocía su tono de voz, cómo le iba en la escuela, a qué le gustaba jugar ni si le gustaban las aceitunas.

Después de estar en Chile, Nora pasó por Argentina, Cuba, España y Canadá, pero eso lo supieron luego de que llegara, porque cualquier tipo de comunicación con ellos los hubiera puesto en peligro porque lógicamente Nora estaba requerida por los militares. Damián tampoco tuvo un rezongo de su madre, ni tono de voz al dormir, ni su firma en el carné que siempre era firmado por su “tutor”, ni su mano apoyada en el hombro en su cumpleaños hasta los 8 años. Lo mismo que con su padre, al que por lo menos podía ver una vez por semana. Pero nunca estuvo solo. Reina siempre estuvo allí para él y Nora lo sabía cuando lo dejó con ella.

Mariana, el seudónimo que usaba su madre, no se sentía con la autoridad de llegar y decir “Este es mi hijo yo hago lo que quiero con él”, no quiso ponerse en una situación de poder frente a él. A la par se fueron conociendo mano a mano y jugando al ajedrez, entre otras cosas, fueron construyendo la relación madre e hijo.

Damián fue quien asumió el rol de la clandestinidad de Nora, fue su aliado más incondicional y del que dependía. Este niño tenía que saber mentir, porque de eso dependía que su madre no fuera presa y siguiera con vida. Ni siquiera podía llamarla mamá ahora que la tenía con él.
Una de las primeras actividades que hicieron en familia con Nora fue falsificar sellos peruanos para el pasaporte trucho de su madre, me cuenta Damián mientras mira con complicidad a Nora y se ríen.

VII El secreto

Damián no podía contarle a su hermana ni a nadie que su madre había vuelto. Tenían que encontrar la manera de que bajo algún pretexto Sylvia llegara a Buenos Aires donde se reunirían los cuatro. Nadie sabía que Nora había vuelto, ni Carlos y el encargado de organizar todo era Damián porque las conversaciones entre adultos eran todas grabadas. Sí, todo dependía de que un niño de 8 años hiciera las cosas bien. Le contó a su padre que Nora había vuelto y le dijo que debía decirle a su madre que mandara a Sylvia a Buenos Aires sin dar muchas explicaciones.
“Debe haber sido horrible para mi abuela paterna y no debe haber entendido nada porque no sabía que mi madre estaba allá conmigo y con Reina” cuenta Damián.
En otra de las visitas en un auto marcharon de Fray Bentos ambos hermanos, y apenas pasaron el puente que divide Argentina de Uruguay Damián le dijo en secreto “cuando lleguemos está mamá”. Sí, Sylvia iba a conocer el rostro de su madre, iba a sentir su olor y ver cómo la miraba. Y todo eso la esperaba al final del viaje en auto. Además, la emoción era doble, por primera vez los dos iban a tener un amigo.
Nora tuvo que viajar un par de veces a Uruguay y le contó a Damián a que iba y que iba a volver al otro día. Cuando Nora volvió su hijo no le hablaba, estuvo resentido un rato, por esa cabecita debe haber pasado un carrusel entero de pensamientos que quizás nadie conoce. Nora había optado por los niños y no militaba más en el MLN.

VIII
En el 80 llegó Carlos a Argentina cuando lo largaron. Era la primera vez que estaban los cuatro juntos como familia luego de ocho años y debían aprender cómo se hacía eso. Había que asumir qué rol iba a tener cada uno, cómo manejarse hasta en las cosas más cotidianas como poner la mesa o salir a pasear. Sylvia apenas conocía a sus padres porque cuando cayeron ella era una beba de 3 meses. Mediante el juego y de a poquito todo comenzó a andar. Carlos no conseguía trabajo y Nora trabajaba muchas horas igual que Reina. Para esto Damián recuerda que su padre hacía marionetas para intentar generar ingresos que vendían en ferias y plazas. “Fue un niño ejemplar, a pesar de que uno no le pudo dar todo lo que le tuvo que haber dado, para mi Damián es un orgullo” me dice Nora emocionada luego de que pasaron los años.

IX
Un día llegaron Nora y Carlos a la casa en Buenos Aires y le dijeron a los niños “Nos vamos a Suecia” y los ojos de Damián vieron como se desenrollaba una foto alucinante de un campo divino lleno de niños sonriendo. Estaban todos en la clandestinidad y no era seguro quedarse en Argentina por más tapados que estuvieran.
Otra vez Damián no podía contarle a nadie que se iba ni a dónde se iba ni por qué.
Damián vio como una limosina diplomática los fue a buscar a su casa y como el barrio no entendía nada un día de aquel año 1980.
Esto fue un alivio para el niño, aún conserva esa sensación, temía cada vez que su madre salía a trabajar y hasta que no volvía la tensión no se suavizaba, en ese momento la dictadura argentina estaba pasando por uno de sus momentos más duros.
Para Damián no fue un sufrimiento ir a Suecia. Como tampoco recuerda que lo haya sido irse antes a Paraná o a Buenos Aires. En el momento que subieron al avión todo comenzó a aclarar, empezó a encontrar otros niños que se iban para el mismo lugar que él en sus mismas condiciones.

Damián se separaba de Reina, su “Mama”, quien había sido su pilar, su único arraigo, lo había acompañado y criado mientras sus padres no estaban hasta sus diez años. Sentía la mezcla del alivio de irse a un lugar donde iban a estar más tranquilos con el hecho de dejar todo.
Llegaron a un pueblito muy pequeño en el sur de Suecia sobre el Báltico llamado Ronneby donde vivirían 5 años hasta la restauración democrática. Fue un tiempo idílico, comían en un hotel, caminaban por el bosque, aprendían sueco, podían hablar con cualquiera, para Damián todo estaba bien. Me muestra las fotos que al igual que sus cuadros parecen postales de un mundo feliz.

Allí no todos los niños estaban igual de felices. Algunos tenían fijo en la cabeza hablar de las torturas y de todo el morbo que eso implicaba, varios estaban en tratamiento psicológico y psiquiátrico. Había niños que estaban muy resentidos o afectados con lo que había pasado y a los que les costaba mucho continuar con su vida. Nora cuenta que el problema más grave que vivió Damián fue algún problema de relacionamiento con niños de su edad en Suecia, pero no más que eso.

- Hay jóvenes que relatan esto desde otro punto de vista mucho más trágico y creo que es por cómo lo vivieron, pero mayormente por cómo se lo relataron sus padres. Yo tengo una teoría. Para mí son diferentes las posturas de la gente de izquierda y de los tupas. Porque los tupas eran consientes de lo que estaban haciendo, a la gente que militaba dentro de los parámetros democráticos le cayó como un balde de agua fría y lo cuenta de una manera más resentida con lo que pasó, me dice Damián convencido.

X
Llegó julio de 1985 y con el invierno y los gorros de lana llegaron a Montevideo nuevamente. La democracia estaba ahí, caminando por la calle, en la calesita y en los rostros.
En Argentina era el uruguayo, en suiza el cabecita negra y en Uruguay el suizo, por más que viniera de Suecia. Pero nunca le dolió el exilio.
En el viaje de vuelta hicieron escala en Río de Janeiro y rumbo al baño Carlos le dijo: “Bienvenido al tercer mundo. La canilla goteaba, los azulejos estaban todos sucios” cuenta 20 años después con una risa sin melancolía.
En vez de irse en un taxi del aeropuerto Carlos quiso viajar en un Copsa, un ómnibus interdepartamental que hacía un camino larguísimo. Damián lloró emocionado todo el camino. Por más que la pobreza le fragmentara los ojos, él a sus 15 años se daba cuenta que ese era su país.
Ahí comenzaba otra etapa, otra vez a hacer amigos, a ir a un nuevo liceo, a aprender nuevamente el español, a adaptar el oído y los ojos.
El primer encontronazo que tuvo Damián fue con un pibe del liceo:
- Esta vieja miliquera… dijo Damián hablando de una profesora.
- Y esta vieja tupamara... contestó otro.
Ahí se dio cuenta que no todo Uruguay era de izquierda y que para muchos estuvo todo bien con la dictadura.

Hoy, en 2010 hace 7 años que Carlos murió, Reina falleció hace dos. Nora continúa viviendo en Fray Bentos, tiene un precioso restorán y en 2004 fue electa diputada. Sylvia vive en Valencia y es veterinaria. Y Damián luego de 18 años volvió a Suecia a exponer sus cuadros en la ciudad donde vivió, tiene tres hijos y continúa pintando postales de un mundo feliz.







DENISSE FERRÉ (Uruguay). Mientras terminaba de cursar una licenciatura en Letras se dio cuenta que quería estudiar periodismo. Realizó un curso en la Escuela de Comunicación Social de Uruguay mientras participaba de un taller literario dictado por Rafael Courtoisie. Nació en el 86 y vive en la Ciudad de la Costa al este de Montevideo. Escribe free lance para un diario montevideano y conduce un portal de noticias culturales llamado El Boulevard.

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