martes, 1 de marzo de 2011

RESENTIDOS CON EL MAGO

Por César Bianchi

El hijo bastardo, el cantor que homenajeaba a su Buenos Aires querido, el que (dicen algunos) se olvidó de su tierra y el que (para otros) la reivindicó siempre que pudo. Los tacuaremboenses pasan del chovinismo más exacerbado a la indiferencia total. Gardel en la patria del mate y la necesidad de apropiación. Y aunque cada día cante mejor, sus canciones se escuchan poco.




Valeria Costa se inscribió en el certamen de belleza porque le encanta desfilar. “Sólo quiero divertirme”, dice a lo Cindy Lauper, de quien nunca escuchó hablar. Tiene 15 años, el pelo negro, ojos almendrados y una delgadez para la ocasión. Con la voz tan bajita que es casi un susurro dice que le gusta bailar cumbia los sábados en Castilla, el boliche de moda en Tacuarembó.

Cuando le pregunto por Gardel, Valeria sólo dice: “Es como el representante de Tacuarembó. Nació acá… y ta”. A Valeria no le gusta Gardel, ni el tango, y le importa más saber qué banda de música tropical llegará desde Montevideo a tocar a Castilla que ponerse a defender la nacionalidad del Mago.
Pero está concediendo una entrevista en la terminal de ómnibus Carlos Gardel de Tacuarembó, se anotó en el certamen “La Pebeta de Gardel” en el marco de la Semana Gardeliana que organiza la Intendencia de Tacuarembó, y tres días después de la charla estará encorsetada en un vestido negro brilloso con vivos rojos, medias can can, pañuelo rojo que cae hasta promediar el vientre, maquillaje de mamá, labios salvajemente pintados y el pelo atado en un moño para que calce bien el “gacho”, como llamaba Gardel a su sombrero. Habrá cambiado las zapatillas por unos tacos que le darán vértigo y tendrá que explicarle a todos los presentes quién era Gardel, qué significa para los tacuaremboenses y qué se necesita para promover el tango en la ciudad.

Como si lo supiera. Como si ellos, los organizadores, lo supieran.


***

Lo que le pasa a Valeria con la figura de Carlos Gardel es lo mismo que le sucede a Juan Ramírez, un mozo jubilado de la ciudad, o a Ruben Rodríguez, un taximetrista octogenario que no deja su Opel Ascona porque tiene deudas: les importa Carlos Gardel tanto como la cotización del Dow Jones.
Pero todos reconocen en él al emblema que Tacuarembó parió al mundo, aunque crean, con la mayoría de los lugareños, que el Zorzal Criollo nunca en su vida reivindicó su cuna, y en cambio prefirió dedicarle loas a Buenos Aires. Para desmentir tal versión, arraigada en el pueblo como la moda de los tatuajes en los futbolistas, hay un grupo de gardelianos y otro de oportunistas.
La semana de Gardel, establecida por ley en Uruguay, se festeja en el norteño departamento de Tacuarembó y no en la capital. Hay premios a periodistas y escritores que vienen de Montevideo, concursos de belleza y de canto, visitas guiadas al Museo Carlos Gardel y clases de tango. Todo organizado por la Fundación Gardel junto a la Intendencia Municipal del departamento. La celebración tiene como referencia la fecha de nacimiento del cantante, la que él mismo declaró cuando tramitó su nacionalidad argentina (y aclaró que había nacido en Tacuarembó, Uruguay): el 11 de diciembre de 1887. Aunque, afirman algunos estudiosos, el engominado era tan coqueto que solía quitarse tres años.
A dos días del aniversario de Gardel, la ciudad ni se entera de la inminencia de la fecha. María González, una vendedora de discos truchos en la vereda, ofrece desde el El Cuarteto de Nos hasta lo nuevo de Ricardo Montaner o compilados de merengue, pero ante la consulta por un disco de Gardel, dice sin culpa que no tiene nada.
Acá los comercios cierran al mediodía para que sus dueños y empleados duerman la siesta, el diario de la localidad no se agota y la gente va a la plaza Colón a tomar mate y mirar la fuente sin agua pero con más graffitis que una pista de skate. En el pueblo, cuando alguien entra a un bar, saluda a todos los presentes como quien llega a un cumpleaños. Por las calles de Tacuarembó no se escuchan tangos.
Tacuarembó parece una ciudad silenciosa, sin alardes más allá de la tienda de ropa El Mago, la silueta de un sombrero que identifica a la intendencia o los retratos de Gardel, obra y gracia de la Fundación.
César “Cerito” Escayola me confirma tal histórica discreción, que linda con la pacatería. El hombre es un maestro jubilado de 63 años que pasa sus tardes charlando con amigos y cuidando a su anciana madre, pero todos los años cuando se acerca la fecha de nacimiento o de muerte de Gardel es requerido por la prensa mundial. Lo han venido a buscar de la CNN, History Channel y decenas de canales porteños. Siempre dice lo mismo y pierdo la ilusión de tener una primicia: en su casa no se hablaba de Gardel porque era tema tabú.

Escayola es descendiente de Carlos Escayola, más conocido como “el coronel Escayola”, el padre –dice la leyenda- de Carlos Gardel. El tío abuelo de César era Carlos Segundo Escayola Oliva, “El Pato”, último hijo legítimo del coronel. El coronel Escayola, jefe político del departamento, comisario, hombre bohemio y amante (además) del teatro, era amo y señor de estas tierras a fines del siglo XIX. Por aquellos años en blanco y negro las minas de oro hacían que europeos que venían a hacer la América recalaran en Tacuarembó. Así, dicen, llegó Bertha Gardes, una francesa procedente de Toulouse que fue sirvienta en lo de Escayola.

El general fue un semental de temer: tuvo 15 hijos legítimos, pero en total se le adjudican unos 50. Desposó a las tres hermanas Oliva Sghirla, conforme iba enviudando: se casó con Clara, quien murió en 1871, luego con su hermana Blanca y fallecida ésta, con María Leila. Fue ella quien dio a luz a Carlitos, dice la tesis. Pero la oveja negra de la familia fue producto de un amorío impuro: María Leila era la ahijada de Escayola y el hombre la desvirgó cuando tenía apenas 13 años. Había que deshacerse del bastardo porque las malas lenguas señalaban al general y cuchicheaban por lo bajo. El descarriado se fue en brazos de la criada francesa y décadas después se convirtió en el artista rioplatense más importante de todos los tiempos.

Pero de todo eso, “Cerito” Escayola se enteró por los libros. “Mi viejo se ponía un gacho y decía ‘¡igualito al tío!’. Pero su madre, o sea mi abuela, se enojaba. Se escuchaba tango en casa, pero no se podía hablar de Gardel. Mi abuela Blanca falleció en 1974 a los 84 años. Un día le pregunté por Gardel y me contestó: ‘esas no son cosas de niños’. También le pregunté a otra señora, vecina nuestra, Beba Calcagno, que murió hace una década con 103 años. Y también me cortó en seco”, confiesa.

La presencia de Gardel en la vivienda de César es tan discreta como el orgullo de los tacuaremboenses por él: apenas un llavero con su rostro y en una pared un cuadro con la fachada del teatro Escayola que supo inaugurar el coronel en 1891, luego fue cine y hoy es el local de “una secta” como la llama a la Iglesia Universal del Reino de Dios.

César Escayola tuvo una oportunidad más para sacarse la duda sobre el parentesco con el Mago.
Cuando estudiaba magisterio en Montevideo compartió cuarto con su tío abuelo, “El Pato” Escayola,
último hijo legítimo del coronel. Una noche ambos habían compartido un vino tinto y cuando el tío abuelo estaba algo alegre, le preguntó a bocajarro: “Abuelo, ¿qué hay de cierto de lo de Gardel?”. “El Pato” suspiró y le contestó: “Se va a contar esta historia cuando yo me muera, antes no”.

Todos los gardelianos cuentan la anécdota que sigue vigente de generación en generación: el día que falleció Gardel en un accidente de avión en Medellín, el 24 de junio de 1935, su hermano Carlos Segundo entornó la puerta de la farmacia en señal de duelo. “El Pato” murió el 11 de noviembre de 1979 y a partir de 1980 comenzaron a acosar a “Cerito” Escayola con preguntas.

A “Cerito” le gusta el tango, sobre todo Jorge Valdés y Julio Sosa, un uruguayo indiscutido que también triunfó en Argentina. “Tacuarembó es muy especial”, cuenta el último Escayola. “No es que sea apática, pero cómo decirlo… es callada. Sólo cuando se ponen a hablar con gente de afuera sale el tema de Gardel”, cuenta, como si eso le molestara.

-¿Usted siente algún orgullo por ser sobrino nieto de Gardel?
-Eso es personal. Prefiero guardármelo- dice, continuando la herencia familiar del misterio.
-¿Y, dígame, acá no hay una calle que se llame Carlos Gardel?
-(Piensa) No, no hay.

Si será discreta Tacuarembó, que sí tiene una calle con el nombre del tacuaremboense más mentado y “Cerito”, oriundo y criado acá, nunca se enteró.

***

Carlos Arezo, ex edil local y actual director de Cultura de la Intendencia de Tacuarembó, es un político del Partido Nacional que fue fan de los Beatles en los tempranos 60 hasta que en 1967 leyó “Carlos Gardel, el gran desconocido”, la investigación de Erasmo Silva Cabrera. Desde entonces abrazó la causa gardeliana como si fuera un rencor.

Le explico, en su despacho, que quiero saber cuánto de Gardel tiene la ciudad pero él prefiere enumerar los datos que lo confirman oriental. Dice que con los estudios siguientes de Nelson Bayardo y Eduardo Paysée González ya no quedó dudas de su gen tacuaremboense, que el pasaporte hallado tras el accidente mortal en Colombia lo decía bien clarito, que de puro localista decidió crear la Fundación Carlos Gardel y la Semana Gardeliana. Y que en cuestión de meses saldrá a la venta el libro “Gardel: dignificando la verdad histórica, 50 años de investigación”.

Le pregunto si existe una calle Carlos Gardel. A regañadientes dice que sí. “La vamos a cambiar”, agrega. Claro, está en un barrio de la periferia, donde viven obreros en situación precaria. Es una calle corta de tres cuadras, sin cibercafés, sin edificios, sin bancos, sin entretenimientos, con gente sin remera sentada en sillas de plástico y tomando mate para matar el ocio.

Arezo, quien también conduce un programa de radio por las mañanas, lanzó la idea de rebautizar a la plaza Colón como Carlos Gardel, pero la idea –con el apoyo del intendente Wilson Ezquerra- no tuvo eco en la gente. Él lo sugirió en su programa y los oyentes comenzaron a llamar para rechazar la propuesta. En el plebiscito planteado, el genovés de melenita rubia le ganó al héroe local que alcanzó el estrellato con El día que me quieras.

“Acá, como en el resto del país, hay un 70% que cree en la tesis tacuaremboense y un 30% que discrepa o tiene dudas”, estima Arezo, cortando grueso. Le suena el celular, pero el ringtone no es un tango de Gardel, ni una milonga. Suena folklore.

Su compadre Heber Moreira, ex presidente de la Fundación Gardel, hace una confesión que a Arezo no le gusta nada. Moreira revela: “Vos le preguntás a un tacuaremboense de a pie por Gardel y te contesta ‘¿qué me importa si ese nunca dijo que era de acá?’ ¡Grave error! Están los archivos: ¡siempre lo dijo! A él le bastaba decir que era uruguayo, y sin embargo aclaraba que era de Tacuarembó”, insiste Moreira.

Qué mejor que preguntarle a los lugareños de la menospreciada calle Carlos Gardel.

En el barrio Ferrocarril, y como una ironía pergeñada por algún porteño, la calle comienza frente a la escuela República Argentina. En Gardel al 51, Juan Ramírez está tomando un mate ya lavado una tarde de calor que se presta más para una cerveza helada. Ramírez tiene 75 años y 57 de mozo en restoranes. En su trabajo muchas veces le tocó servir a gardelianos de saco y corbata que polemizaban por cómo promocionar mejor la marca Gardel. Así nació, por ejemplo, el rostro del Mago en la camiseta del equipo de fútbol Tacuarembó Fútbol Club.

“Hay un programa de tangos acá, pero no pasan a Gardel. A mí me gustan Goyeneche y Edmundo Rivero”, dice. “Tengo la impresión de que a la gente no le va ni le viene el tema”, agrega, cuando pasa su hija y mira desconfiada. Nancy Ramírez se entromete para darle la razón a Moreira: “¡Ese nunca dijo que era de acá!”, protesta y se mete en la casa.

En la cuadra siguiente, Marcela Latorre y su suegro Osclides Da Rosa charlan frente a un taller de motos. A él “nunca” le gustó el tango, prefiere escuchar una música “más alegre” como una polca o un vals. Ella es una enamorada de los oldies de los ochenta. La mujer dice que en la escuela y el liceo nunca le enseñaron que Gardel era de Tacuarembó, y ella no está tan segura. Con un sentido común más parecido a maniqueísmo, Osclides apunta: “Francés no era, porque nunca cantó en francés, ¿no?”.

Por primera vez en 48 horas escucho música desde un equipo de audio. Es una cumbia que dice: “Yo tengo una piscina, yo tengo una piscina, de cerveza fríííía… y me baño en ella… tres veces al díííía, y me baño en ella, tres veces al díííía”.

Como Horacio Quiroga en su Misiones, Gardel se volvió anécdota, algo muy parecido al olvido y, en los últimos años, conmemoración escolar. Lo homenajean los notables que quieren posicionar a este pueblo en el mapa mundial, que alguna vez fue sitio escogido por los primeros charrúas nómades, recordados por cerros indígenas y por construir sus propios cementerios, hoy patrimonios históricos de la humanidad. Como la voz de Gardel.

En Carlos Gardel al 111 dos hermanos y una mujer, todos cuarentones, también hacen nada mientras chupan una bombilla. Richard y Daniel García, camioneros, nunca escucharon a Gardel y crecieron sabiendo que era uruguayo. “Fue hace unos años que se empezó a decir que era de acá”, dice el primero. La abuela de Marina Dufrechú, ama de casa, sí se la pasaba escuchando radio Clarín, porque desde hace décadas “en las horas pares canta Gardel”, siempre recuerda el locutor de voz anquilosada.

Los tres han visitado el Museo Gardel en Valle Edén y quedaron impresionados por los documentos exhibidos allí. También Valeria Costa, la estudiante que quiere ser modelo, lo visitó, y hasta el taxista Rodríguez fue hasta allá a ver de qué se trataba.

Para Richard García, darle la bienvenida a un visitante con el busto de Gardel e inventar una Semana Gardeliana, tiene un único motivo: rivalizar con Argentina, que se apropió de la estrella (luego de formarla). “Con ellos nos peleamos hasta por el dulce de leche y la carne”, explica Daniel, como si fuera necesario. Y se extiende a propósito de la carne vacuna: que comemos más que ellos por habitante, que la nuestra es más rica, que lo dijo Matías Alé –el ex de Graciela Alfano y Silvina Escudero- cuando llegó a Montevideo para rodar un comercial de jabón para lavarropas.
“Mirá, lo de Gardel nace para contestarle a muchos, que creen que le sacás al tipo y esta ciudad no tiene identidad. No te olvides que Paso de los Toros tiene a Mario Benedetti”, apunta. Y se olvida que en Paso de los Toros, en el mismo departamento, también nació el agua tónica y su refresco de pomelo, que luego compró la Pepsi.

A ellos les gusta la cumbia de los ochenta: Karibe con K, Borinquen, Cumanacao, Sonora Cotopaxi. Quién sabe si Gardel no hubiera terminado cantando algo así, si no se hubiera muerto joven. Arezo, políticamente gardeliano, no lo descarta: “En su vida cantó 19 estilos de música, entre criolla, paso doble, rumbas, milongas, tangos, folclórica. En el certamen ‘Vení a cantarle a Gardel’ lo abrimos a todos los géneros, porque antes solo se cantaban tangos de su repertorio. Si hubiera vivido más tiempo, ¿no habría hecho algo de rock lento? Quizás sí…”

***

Ruben Rodríguez me hace precio para llevarme al suntuoso hotel Carlos Gardel, un cuatro estrellas que parece salido de otro lugar. Como todos los tacheros, es aficionado a hablar con el pasajero de turno: “Hace poco levanté una mujer de Tambores que me contó que su abuelo había conocido a Gardel. Dice que Gardel lo utilizaba para los mandados. Y que sabía que cuando terminara la gira esa por la que andaba cuando se mató, tenía previsto ir para Tambores. Yo no sé, eso dicen”, remata y nota un mohín de asombro mal disimulado. “Como que él nunca reconoció que es de acá, mhijo. Para él era todo amor por Buenos Aires. Se fue de acá y se olvidó del pago, por lo que dicen, ¿eh?”, se vuelve a defender.

Tenía razón Moreira con el resentimiento a flor de piel de los lugareños con el “tacuaremboense inmortal” como lo bautizó Arezo para un sello oficial del Correo Nacional, que enojó mucho a los argentinos.

El hotel que lleva el nombre del Mago es propiedad del doctor Álvaro Caruso. Lo inauguró el 11 de diciembre de 2003, día de aniversario del artista, e invirtió un millón de dólares en su apertura. Luisa, una mucama, me hace de guía por algunas de las 28 habitaciones y dos suites para exquisitos. Cada pieza lleva el nombre de un tango de Gardel y en cada una está la letra de ese tango y una caricatura del Morocho del Abasto, como le dicen en el país vecino. El bar se llama Gardel y ahí están las reproducciones de su partida de nacimiento y su pasaporte, entre otras fotos con aquella sonrisa inmaculada.

En el restorán del hotel los platos se cobran en pesos o en dólares. Está pensado, me dice la chica que está a cargo, para extranjeros que van de paso a Brasil o Argentina y paran en Tacuarembó. A ella siempre le preguntan por la nacionalidad de Gardel y dice, claro, que nació en Tacuarembó. Se van desconfiando y diciendo que la comida estaba riquísima y qué cómodo el sommier king size.
La mucama no quiere ni aparecer en la foto de la pieza que se llama “Esta noche me emborracho”, porque ella no bebe. A Luisa no le gusta el tango: le gusta la música romántica de Los Nocheros, un combo del interior argentino. Como sabe que vengo por Gardel, da su aporte: “andan diciendo que es de acá, que no es de acá, ¡yo que sé! Fue hace tanto tiempo… Él nunca dijo que era de acá, ¿no?”
Lo dijo sí, pero me quedo pensando qué importa.

Antes de irme de ese pedacito de Montevideo en el norte uruguayo, casi abrasilerado, quiero saber si el buen gusto es obra de Caruso, y la encargada me señala que no, la decoradora es su mujer, María Virginia Ríos.

-Pero el hombre, ¿es gardeliano de pura cepa o sabe mucho de marketing?
-Jeje, eso mejor preguntáselo a él…

Algo no cierra. Muchos tacuaremboenses están ofendidos a la distancia con Gardel pero no parece importarles mucho la discusión por su nacionalidad, ni siquiera su música (aunque cada día cante mejor, como se sabe). A otros, que sí les va la vida en cada documento, les importa conforme siga dando réditos y puedan colgarse de su gacho. Y las grandes comunidades gardelianas están por todas partes, menos en Tacuarembó. Están en Buenos Aires, tierra que le dio oportunidades y lo convirtió en artista; en Medellín, donde él no eligió morir carbonizado; y en Japón, donde el 2 x 4 es local. Si Al Pacino hubiera nacido en Tacuarembó quien sabe si habría bailado Por una cabeza en Perfume de Mujer…

***

La entrada al Museo Carlos Gardel cuesta apenas 20 pesos, un dólar. Adentro un grandes éxitos del Zorzal Criollo termina y vuelve a empezar, así todo el día. Por suerte la chica que vende los tickets es gardeliana, o se hizo a la fuerza para soportarlo. Adentro hay documentos de todo tipo, guitarras, pianos, fotografías de Gardel cuando niño, cuando nóvel cantante, cuando famoso. En una está con su tocayo Chaplin en Europa, en otra con el jockey uruguayo Irineo Leguisamo y su caballo Lunático, cuando bebé con Bertha Gardes. Hay decenas de diarios uruguayos, argentinos y colombianos.

Un pedacito de una entrevista del diario El Telégrafo de Paysandú, Uruguay, del 25 de octubre de 1933 reproduce el diálogo entre el cronista y el entrevistado, recién llegado. “Anoche hablamos con Gardel. Recién llegaba y lo abordamos al subir por la escalera para subir a su pieza del hotel Nuevo.
-Muy buena muchachos, ¿Cómo les va? ¿Un reportaje? Pero che, ya he dicho todo por ahí… Pongan cualquier cosa, lo que les parezca. De todos modos, les voy a cantar la misma milonga que a todos los demás.
-No, aquí hay que decir otra cosa Carlitos (porque ya somos amigazos y nos tratamos así nomás).
-Bueno, me someto. Pregunte la carilla esa.
-¿Nacionalidad?
-Un artista o un hombre de ciencias no tiene nacionalidad. Un cantor tampoco, es de todos, y sobre todo su patria es donde oye aplausos. Pero ya que insiste, uruguayo, nacido en Tacuarembó. ¡Y a ver si dejan de preguntar eso!

Gardel lo retó y se fue. Aquel periodista de los treinta habrá pensado que con esa respuesta se terminaba la polémica. Pero no.

Setenta y siete años después, frente a la terminal de ómnibus Carlos Gardel de Tacuarembó, Andrea Monzón, una morocha de ojos vivaces y 18 años, me repite lo que escribió en el formulario para ser candidata a “Pebeta de Gardel”: que le gusta el tango por sus letras y Gardel es la figura del departamento. Ella, en tanto, espera que la dejen ir a bailar el fin de semana al boliche Castilla. Capaz que tiene suerte y va La Zorra de Buenos Aires a cantar: “nos ponemos pillas las pibas cumbieras, le tomamos todo a ese cheto billetera, te cabe el descanso che pito corto, te llegó un mensaje, dice ‘nos vemos en el corso’”.




CÉSAR BIANCHI (Uruguay). Desde los 13 años supo que quería ser periodista; hizo el test de orientación vocacional sólo para conformar a su madre. En el año 2000 entró al diario El País, el de mayor circulación en Uruguay, y en 2004 pasó al suplemento Qué Pasa del diario, donde se especializó en crónicas y reportajes. En 2007 fue premiado por PNUD y la agencia IPS en el primer certamen de los América Latina y los Objetivos de Desarrollo del Nuevo Milenio y en 2010 fue finalista del premio de la FNPI con un perfil sobre el entonces presidenciable José Mujica. Hoy escribe crónicas en publicaciones de Uruguay, Argentina, Colombia, México y Chile. Fue productor periodístico en televisión, es docente de periodismo en la Universidad ORT de Montevideo y en 2008 publicó su primer libro, Mujere$ Bonita$, 14 retratos de prostitutas uruguayas (Random House Mondadori).

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