El caso Cabrera: Un funcionario público de larga trayectoria muere en un cuarto de hotel y se destapa el mayor de sus negocios. José Cabrera captaba dinero de forma ilegal y pagaba el 10% de interés mensual a sus acreedores, cuando las instituciones financieras de la época llegaban al 8% anual. Caos, violencia y hasta profanación de tumba, en una historia que aún no termina.
A las 4:40 de la madrugada de un miércoles, un hombre de 71 años está tendido sobre una cama de dos plazas y media en un hotel de lujo de la capital ecuatoriana, desnudo y en posición fetal; una mujer de 18 años, semidesnuda, lo mira asustada. La mano del hombre tiene rastros de semen, la piel de la mujer brilla por el sudor. Él está muerto.
Jessica Valles, que había sido invitada al hotel junto con su tía y su hijo, llamó a la Policía. Veinte minutos después llegaron. Con armas, con libretas, con prisa para la interrogación. – Cinco minutos antes de que quede así, él estaba sentado y me abrazó muy fuerte. Luego se cayó para atrás – declaró Jessica a la Policía. El apretón fue la expresión de dolor de la causa de su muerte, un infarto, una muerte natural, confirmó el médico forense.
Se llevaron el cuerpo, y en la lujosa habitación 1008 del Mercure Hotel, en el centro norte de Quito, quedaron las botellas de whisky vacías, repartidas entre la sala y el dormitorio; en uno de los veladores, las pastillas de viagra que dejó de reserva; y en la mesa, los restos de la base de coca que consumió. Jéssica permaneció en el calabozo de la Policía casi 10 días, mientras l cadáver empezó un largo periplo, que quizás aún no termina, alcanzar eso que llaman “descansar en paz”.
Un hombre muere de un infarto en un cuarto de hotel. Una noticia que podía haber ocupado pequeños espacios en los medios de comunicación si el viejo calvo y barrigón no hubiese sido quien fue: El captador ilegal de dinero más grande del país, el jefe de llamada “estafa del siglo”, el hombre que solo aceptaba “inversiones” superiores a $10.000 y pagaba el 10% de interés mensual. Si el viejo no hubiera sido un Notario de la República del Ecuador y uno de los hombres más “respetables” del país.
“Doctor”, “Don Pepe”, “Cabrerita”, le decían a José Javier Cabrera Román, un abogado que ocupó por cuarenta años la designación de Notario Segundo de Machala, que llegó a ser presidente de la Federación Nacional de Notarios, Coordinador de la Comunidad Andina de Notarios, entre otras altas designaciones. El cadáver del Notario Cabrera, como se lo inmortalizó tras su muerte, fue trasladado a Machala al día siguiente del infarto y junto con el cuerpo llegó la peste de la desesperación.
- Buenos días, buenos días, buenos días. Noticia de última hora: El Notario José Cabrera falleció anoche en un hotel en la capital (se escuchó en las emisoras radiales de la ciudad)
De pronto, al edificio donde funcionaba la Notaría Segunda, en el centro de la urbe, comenzaron a llegar decenas de personas con una letra de cambio en la mano. En la oficina del Notario estaban sus secretarias, que incluso tenían ventanillas de cobranza, que intentaban tranquilizar a los curiosos.
- ¿Cierto que el doctor murió?, ¿y el dinero?, ¿qué pasará?
- ¿A usted le toca cobrar hoy?
- No, no me toca. Venía a preguntar no más.
- Venga cuando le toque, no se preocupe
A esas decenas de personas se sumaron más y más, no solo machaleños sino cuencanos, lojanos, quiteños, esmeraldeños… más de 100 mil personas llegaron a esta ciudad del sur del país en busca del dinero que hace quince, diez, tres o un año, habían depositado; llegaron también, con más desesperación, quienes dejaron su dinero hace seis meses, cuatro meses, un mes o la semana anterior, aquellos no habían cobrado ni un mes del jugoso interés.
La promesa
El Notario Cabrera tuvo dos hijos, Carolina y José, quienes apenas se enteraron de su muerte, se pronunciaron ante los “beneficiarios” diciendo que ellos se harían cargo del negocio de su padre, pero que les concedan cinco días de duelo.
Mientras tanto, se preparó el cortejo fúnebre del conocido Notario. El viernes 28 de octubre, a las cuatro de la tarde empezó la misa de cuerpo presente en la Catedral de la ciudad; luego, tras pasar por una corte de honor formada por miembros de la fuerza pública, el féretro llegó al Parque de la Paz, el único cementerio privado de la ciudad.
Al acto, asistieron ex alcaldes, jueces, políticos reconocidos en todo el país y hasta un ex candidato presidencial. También ciudadanos comunes, que lloraban porque se fue el hombre que les dio el dinero para construirse una casa, comprarse un carro, iniciar un negocio e incluso darse uno que otro gusto.
El caos
Tras una semana de intenso movimiento en el centro de la urbe, la cuadra donde se ubicaba la Notaría Segunda de Machala se llenó de carretillas de comida y vendedores ambulantes. La fila daba dos vueltas a la cuadra.
El número exacto de los “acreedores” del notario se desconoce, pero la cifra que más se repite es 27 mil. “Usura: Interés que se lleva por el dinero o el género en el contrato de mutuo o préstamo”, dice el diccionario de la Real Academia Española. ¿Quién cometió el delito?
Cabrera recibía dinero, como un préstamo, y los miles que reclamaban en el centro de Machala, eran quienes cobraban excesivas sumas. Ellos que depositaban $10.000 y el mes siguiente cobraban $1.000, y al mes siguiente $1.000 más, y $1.000 más… por tiempo indefinido. ¿Cómo un Notario conseguía tanto dinero?
En las listas del notario aparecieron nombres de miembros de las armadas, y hasta de políticos, dicen, aunque nunca lo confirmaron. ¿Cómo este hombre pudo mantener esta red durante casi 15 años sin que las autoridades no se den cuenta?, se repitió hasta el cansancio en los medios de comunicación, pero esto no era lo importante para aquellos que confiaron su dinero, obtenido de préstamos, de ventas de propiedades, de liquidaciones y jubilaciones, juntado entre varios, ahorrado toda la vida o lo ganado en la lotería.
Llegó el 2 de noviembre, feriado nacional, Día de los difuntos, y el caos aumentó. Con casi todos los medios de comunicación atentos al Caso Cabrera, a Machala llegaron aviones de las Fuerzas Armadas con uniformados que escalaron las ventanas del edificio y extrajeron sacos de dinero y desataron la histeria colectiva. Ellos también habían depositado su dinero y no estaban dispuestos a perderlo.
En vista de lo ocurrido, ya no nos podemos responsabilizar del dinero. Nosotros no conocíamos de los negocios de mi padre. Lo sentimos, no hay que podamos hacer. (Declararon los hijos del notario).
Machala entró en estado de emergencia. Locales saqueados, clases suspendidas, bombas lacrimógenas, autos chocados y un ambiente de desesperación que nunca antes había llegado a esa apacible ciudad de no más de medio millón de habitantes.
Algunos de los que habían esperado pacientemente en los alrededores del edificio allanaron las oficinas, se quedaron encerrados ahí y las leyendas urbanas crecieron como los visitantes de la ciudad. Que encontraron dinero en los armarios, que habían cajas llenas de dólares, que había una piscina repleta de billetes de $20… y más.
La exhumación
El 11 de noviembre, la turba que aún esperaba respuesta en los alrededores del edificio donde funcionaba la notaría se movilizó hasta el Parque de la Paz. Entraron, ubicaron la bóveda donde estaba el cuerpo del viejo, ya no “Don”, ya no “Cabrerita”, menos “Doctor”, y lo sacaron.
Sacaron su cuerpo y el olor no impidió que puncen su carne con un palo, que le corten un pedazo de mentón con un estilete, que busquen de cualquier manera, comprobar que sí está muerto, aunque en realidad, querían que no, querían que viva, que les devuelva su dinero o que les siga pagando sus intereses.
La resignación
Poco a poco, los hoteles recobraron la tranquilidad. Quienes habían ya recuperado su capital se fueron primero, muchos de ellos preocupados porque se dedicaron a gastarse todo lo que recibían, y otros a aprender a vivir con lo que ganaban de forma legal.
Los nuevos “inversionistas” aguantaron mucho más, y algunos aún siguen reclamando. Pero Machala recuperó la calma, al menos aparente. Porque la ciudad tenía un murmullo general.
- Lo que hacía el Notario Cabrera era un secreto a voces (fue la frase más repetida en los meses posteriores).
Los afectados intentaron hasta reclamarle al Estado por “la estafa del siglo”. Pero los usureros eran ellos. Afectados usureros que le daban dinero al notario y le pedían altos intereses.
Cinco años después
- Yo pude recuperar la mitad y me compré un taxi. Ahora estoy aquí.
- Yo cometí el error de sumar los intereses al capital, me quedé sin nada.
- Un conocido mío se suicidó porque había vendido casi todo para poner la plata ahí.
- La suerte (Lotería) me dio $20.000, los fui a mete ahí, y a la semana, pasó todo lo que pasó. Dios me lo dio y Dios me lo quitó.
- La culpa es mía, porque eso era ilegal. Uno ya que puede hacer.
- La hija se fue presa un tiempo, de qué nos sirve, igual nos quedamos sin nada.
- Yo si lo quiero, gracias a él tengo mis cositas, ya pues, algún día se iba a morir.
- La culpa la tuvieron los militares, ellos vinieron a saquear y se dañó todo.
- Solo espero que hayamos aprendido la lección, pecamos de avaricia.
Gabriela Fernanda Jiménez Sarango (Ecuador, 1989): En febrero egresó de la carrera Periodismo, en la Universidad Casa Grande, Guayaquil. Desde hace casi tres años trabaja en Diario El Universo, primero en la revista dominical y desde hace seis meses en la sección Domingo, que realiza reportajes investigativos de diversas temáticas, especialmente sociales, políticas y ambientales.
Me gustó mucho, muy buen trabajo.
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