viernes, 21 de enero de 2011

16 AÑOS SIN PAGAR LA RENTA

por Julio Godínez


Una mexicana anti neoliberal se vio atrapada entre su estilo de vida como "cracker" y una nueva regulación que castiga a cualquier persona que viva en edificios abandonados. Es la primera legislación que castiga con prisión la "okupación" en Europa. Amsterdam no es la primera ciudad donde "Petra" vive sin pagar renta, lo lleva haciendo desde hace casi dos décadas en diferentes ciudades del mundo.



Un hombre vestido con harapos, la barba crecida, el cabello cano y sucio avanza unos pasos frente a la primera línea de la policía de choque de Ámsterdam que aguarda en orden. La luz de la tanqueta de agua a presión lo ilumina. El mismo hombre que carga un cobertor a sus espaldas extiende la mano para saludar a los uniformados, no le devuelven el gesto. Detrás de él un grupo de encapuchados avanza lentamente. Se detienen a dos pasos del hombre, él regresa al grupo que se mantiene unido por varias telas rojas y negras. Uno de los policías se abalanza con el tolete desenfundado y en el aire, los otros lo siguen. La batalla se inicia en la noche de la capital holandesa.

-¿Estás legal aquí?-, me pregunta mi acompañante, segundos antes de ver los primeros toletes alzarse por los aires una y otra vez. - Digo, por si te detienen.

Mi acompañante radica en Ámsterdam desde hace dos años y medio. Ella, como yo, es parte de la manifestación en contra de la nueva ley que castiga hasta con dos años y ocho meses el ocupar edificios abandonados. Ha vivido por 16 años fuera de México, su país de origen, sin pagar renta. Hasta ayer sólo la conocía por su voz y el sobrenombre de "Petra".

-Sí, pero mi pasaporte lo dejé en el coche-, le respondo sin saber si hice bien justo cuando se escucha el sonido de una canción de la banda “Gorillaz” que viene de un bar, el choque de los bastones contra los encapuchados del frente, los cascos de los caballos, el motor de la tanqueta, los gritos y flashes de los fotoreporteros.

Es la noche del 1 de octubre de 2010. Hoy la nueva ley trajo a los encapuchados radicales a las calles, en las telas llevan frases de repudio a la nueva legislación. Son "crakers", "squatts", "okupas", "paracaidistas"... según el país en el que se encuentren. Ellos convocaron a esta marcha y “Petra” es una de ellos.

El segundo grupo de policías avanza, aplican la misma dosis de bastonazos al grupo. Los encapuchados del frente resisten al tiempo que gritan en holandés -¡weerstand!- (¡resistencia!). Los policías tratan de "aflojar" al primer grupo a bastonazos, no lo logran. Las telas se levantan, sirven como barrera para que los uniformados no vean donde golpean y, si es posible, para envolver a alguno de ellos y así retenerlo.

El frente de nuestro grupo avanza. Yo me agolpo al centro. Desde mi posición puedo escuchar todo, pero entiendo muy poco del holandés del que recibo órdenes. Este viernes no estoy detrás de la grabadora, ni de la lente, tampoco soy un turista sorprendido por las acciones que registra mi vista. Estoy vestido con una chaqueta verde militar con capucha, vaqueros negros y un pasamontañas improvisado con una playera negra. Por ahora soy un "squatt" y me cubro de un mal golpe.

****

Llegué a Ámsterdam motivado por una entrevista de la radio pública holandesa. Un día antes en la emisora, "Petra" explicaba en un español perfectamente familiar las acciones de resistencia del movimiento "Okupa" de la ciudad, creado entre la década de los setenta y ochenta para defender el derecho a una vivienda digna, contra la ley que al día siguiente entraba en vigor y que había tardado dos años en cocinarse.

"No sabemos cuál será la respuesta del estado, había dicho el alcalde que no iba a reaccionar a esta nueva ley, pero no sabemos qué va a suceder. Nosotros vamos a seguir ocupando las casas. Yo vivo en la calle de Vrolikstraat", dijo la chica a la radio pública.

Con la ayuda del mapa digital del GPS serpenteé el Este de la ciudad hasta dar con la calle que repasaba en los amplificadores del auto desde mi grabadora.

Un cielo extrañamente soleado previo al inicio del otoño cubría la capital holandesa.
Bajé del auto. No tenía idea del número, pero recordé las palabras de la mujer: "son cuatro los edificios que han sido ocupados". Así que tomé como referencia al caminar las ventanas y las puertas de las casas recubiertas con tabique rojo en su totalidad para identificar algún rastro de abandono.

Para mi sorpresa, lo que llamó mi atención fue el aspecto de un par de chicos que charlaban frente a uno de los edificios, en el cual después reparé que sus ventanas no tenía vidrios, estaban protegidas por plásticos de diferentes colores, tenían un cartel que había visto en un sitio web de apoyo y pertenecía a un conjunto de cuatro viviendas. Estaba en el lugar indicado. Uno de ellos portaba una chaqueta que encajaba perfectamente con la que se usan en las manifestaciones anarcopunks.

Cambié de acera para acercarme a ellos.

Saludé y pregunté si conocían a una chica que habla español. Les dije que había escuchado la entrevista que le hizo la radio y que el motivo de mi visita era mostrar mi apoyo al movimiento, -mentí sin saber siquiera si ellos vivían en el lugar.

Los dos lanzaron miradas de extrañeza por un segundo. Pero como en un golpe repentino, en una regresión a la naturaleza política de su movimiento "Okupa" retomaron su amabilidad perdida por un segundo.

-Sí, vive aquí- dijo el más alto de los dos que terminaba un cigarrillo, -pero ahora no está-, y jaló duro para "matar" la última parte del tabaco al tiempo que ofrecía darle mi número de teléfono a la chica en cuanto apareciera por ahí. Dicté resignado el número en el mismo inglés que veníamos usando. Él lo tecleó en su celular.

Un tercero llegó. Un hombre más alto que el alto que ya estaba ahí, pasaba el metro noventa. Cabello corto, rubio, casi blanco. Hombros anchos, mandíbula grande, ojos azules tiernos. Traía unos vaqueros negros y una playera que combinaba con el inusual color del cielo de la ciudad y sus ojos.

-Ey, buscan a tu novia-, dijo uno de ellos y volví a mentir sobre los motivos de mi llegada a la ciudad.

Él pareció entender rápidamente mis "motivos".

-Espera deja le llamo-, dijo, -está acá en cinco minutos-, y colgó el teléfono.


*****


"Petra" llegó exactamente a los cinco minutos y montada en una bicicleta.

Cabello castaño a medio atar, ojos color miel, piel blanca, alta para ser mexicana, aunque todavía no lo sabía. La chica no había revelado detalles de su identidad con la radio holandesa, el locutor simplemente resaltaba el hecho de ser una hispanohablante e inmigrante que habita uno de los edificios ocupados, como muchos en Europa, pero nada dijo de sus casi dos décadas como “squatt”.

Bajó de la bicicleta. Limpió un poco los vaqueros que traía enrollados a la altura de los tobillos, se ajustó la chamarra negra con vivos en colores, al estilo Benneton. Su ropa mostraba el desinterés por la moda, las combinaciones convencionales y las frías y solitarias lavanderías públicas, pero cubría de alguna forma la figura un tanto pasada de peso.

Ella me saludó y tras explicarle brevemente el contexto político mexicano; que el PRD era el partido de la izquierda mexicana me miró y me dijo de manera irónica pero reservada, -¡¿no, en serio?! Soy mexicana. Vente vamos por algo de comer.

En Europa no existen datos del número de personas que viven como “squatts”. Pero a nivel global, de acuerdo con Robert Neuwirth, un periodista americano y autor de Shadow Cities: A Billion Squatters, A New Urban World (Ciudades sombrías: Mil millones de Squatters, Un Nuevo Mundo Urbano) existen mil millones de personas que viven como "Petra", en propiedades abandonadas que no les pertenecen, en las cuales no pagan renta y sin permiso de los dueños.

Los aquí conocidos como "crackers" tienen dos motivos para realizar esta actividad: la búsqueda de una vivienda a falta de ser dignos de un crédito bancario o del gobierno y la realización de actividades y propaganda de ideas políticas. "Petra", según dice, pertenece al segundo.

- En Ámsterdam debemos ser unos mil 500 “squats”-, asegura mientras esperamos la pita que ordenó, - es difícil saber, pero hay unos cien edificios ocupados. A diferencia de Latinoamérica, en donde las ocupaciones las hacen familias humildes, en Holanda la mayoría son chicos de clase media, pintores, músicos, escritores.

Miguel Ángel Martínez López, profesor de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid y que ha estudiado el movimiento de “Okupación” en los últimos años en el viejo continente, explica que entre los “crackers” lo que se observa es “una resistencia de un grupo social hacia condiciones de vida opresivas y ha generado una cultura particular que incluye formas concretas de expresarse, vestirse, reglas sobre valor y lealtad al grupo, identidades y valores comunes, así como amigos y compañeros sentimentales”.

Según éste experto, el fenómeno social tiene sus propios rasgos de identidad, “inspirados en los eslóganes de los nuevos movimientos sociales posteriores a 1968.

La politización de los espacios sociales y la experiencia en el conocimiento de los asuntos públicos adquirida a lo largo de los años por este movimiento ha inspirado en gran medida a los movimientos anti-globalización”.

El caso de “Petra” encaja perfecto en las descripciones del sociólogo. Ella se enroló en el movimiento “Squatt” en 1994 y desde entonces ha vivido en diferentes lugares del mundo.
-Salí de México después del levantamiento del EZLN. He participado en varias ocupaciones, en diferentes ciudades del mundo-, me dice mientras termina la pita en una mesa afuera del local.
La chica, que después me diría que nació en Monterrey, al norte de México; estuvo en San Francisco (Estados Unidos) como parte del movimiento en tiempos de la Batalla de Seattle en 1999, justo en el momento que marcaría el nacimiento del movimiento antiglobalización, cuando 40 mil personas conocidas más adelante como globalifóbicos se manifestaron contra la Organización Mundial de Comercio.

Una de sus experiencias más profundas fue en Brasil, donde vivió por más de cinco años con el movimiento del MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra), un movimiento político-social de millón y medio de afiliados que buscan tierras rurales improductivas que no cumplen con su función social y las ocupa con centenares de personas.

-Era muy intenso. Imagina mil personas moverse de un lugar a otro. A veces es un pueblo entero ocupando tierras.

Pero la chica también pasó por otras ciudades hasta llegar a Ámsterdam. En Londres también realizó “okupaciones”. Todas, dice, de manera pacífica.

- En Ámsterdam tengo dos años y medio viviendo como “cracker”-, suelta mientras termina un bocado en la terraza del take away.

Por décadas el movimiento se ha extendido en todo el mundo. Las autoridades de México calculan que el número de paracaidistas que habitan en las llamadas áreas de transición de la ciudad de México ronda el millón; en Argentina los “okupas” inspiraron una serie de televisión escrita y dirigida por Bruno Stagnaro en el 2000; y los hay también en Estados Unidos, donde ellos mismos protagonizan un film llamado Dark Days filmado en los túneles del metro de Nueva York.

“Petra” termina su pita. Me dice que tiene una reunión para afinar detalles de la marcha de esta tarde. “Te envío un mensaje cuando estemos listos”.

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En Holanda para que un inmueble sea considerado un hogar necesita tener una mesa, una silla, una cama (o un colchón, o colchoneta que haga las veces de cama) y un reloj que funcione. Hasta ayer los cuatro artículos protegían a “Petra”, a su novio alemán, el de los ojos del color de su playera, y a los otros inquilinos de los edificios de Vrolikstraat de un desalojo violento.
El mensaje de “Petra” llegó. Son las 16:30 horas y estoy esperando justo donde había hablado con los tres chicos.

Luego de un par de minutos, la chica abre la puerta del edificio, me invita a pasar un segundo.
La puerta roja del acceso principal está reforzada con varios maderos, justo detrás de ella un mazo descansa apoyado en la vieja pared descolorida y golpeteada por el abrir y cerrar de la puerta, frente a ella una escalera de madera vieja y polvorienta conduce al primer piso desde donde escucho ruidos. Aguardo en el recibidor.

-Espera, casi nos vamos-, dice sonriendo.

-¿Esperaban a la policía esta noche?-, le pregunto tras mirar de nuevo el mazo que descansa frente a mí.

-Pensamos que vendrían en la mañana a desalojarnos.

El sonido de un grupo de botas negras que aparecen por la puerta corta su respuesta. Cuatro personas descienden por la escalera. Todos van vestidos de negro. Reconozco a los dos con los que charlé esta mañana y al novio de “Petra”. Todos llevan, además, una mochila en la espalda, guantes y cargan un rollo de manta.

-Tú te vas con Paulina en el tranvía-, el alemán me revela el verdadero nombre de “Petra”. En parejas tomamos diferentes líneas del tranvía para encontrarnos en la estación de Spui.
Somos los segundos en llegar, camiones repletos de policía aguardan estacionados. Dos minutos más tarde la última pareja llega. De las mochilas sacan los pasamontañas, se los colocan y ahora somos el centro de atención de los paseantes. El grupo camina a la plaza de Spui donde un buen número de anarquistas, punks, darks y policía montada esperan.

Los Sex Pistols resuenan en las bocinas de la plaza. El encapuchado de metro y noventa centímetros es el primero en llamar la atención. Los fotógrafos se abalanzan al grupo y me doy cuenta de que Paulina y los de Vrolikstraat son los anfitriones.

Los asistentes son hijos de las décadas de los ochenta y noventa. Todos, de alguna forma, retomaron el pensamiento anarquista post Guerra Fría para traerlo a las manifestaciones que se han extendido por la consolidación del modelo económico neoliberal.

Las letras de Anarchy in the UK siguen en los altavoces mientras el primer grupo encabezado por un hombre de barba crecida, cabello cano sucio y que carga un cobertor avanza en dirección al centro de la ciudad.

-¿Qué piensan hacer si los desalojan?-, le cuestiono a Paulina.
-Irnos a vivir a otro edificio-, responde la mexicana mientras nos ponemos en marcha. Minutos más tarde la batalla entre la policía y los "squats" se iniciaría en la noche de la capital holandesa.




JULIO I. GODÍNEZ HERNÁNDEZ (Ciudad de México, 1980). Es periodista mexicano. Por más de seis años trabajó en diferentes páginas de noticias de la ciudad de México como El Universal, Televisa y La Crónica de Hoy. Curioso y cansado del escritorio, en el verano de 2010 decidió dejar las redacciones y comenzar un viaje para ir en búsqueda de historias. Actualmente vive en Bruselas, muy cerca de la estación de tren, con una maleta siempre lista para viajar. (www.juliogodinez.mx)

3 comentarios:

  1. Una Crónica bien fundamentada con los detalles perfectos para ubicarnos en tiempo y espacio, sólo me queda una duda ¿Las ocupaciones en Europa llevan un fondo en el sentido de negocio?

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  2. Entereza y habilidades propios de un reportero de tu categoría. Has estado creciendo en tus redacciones de la old school de Octavio Paz y Pablo Neruda, y eso me da gusto mi amigo. Felicidades y mi admiración por este muy buen trabajo cronológico. El trabajo te lleva a formar parte de lo que estas viviendo por la forma de redacción que tomas. Me encantó.
    Suerte amigo y sigue así.

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  3. Tu crónica me atrapó desde el primer párrafo. Me parece un tema muy interesante, sobre todo para quienes cuando pensamos en Amsterdam nos llegan imágenes de cafés, bicis y vitrinas.

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