sábado, 2 de enero de 2010

ESPAÑA, APARTA DE MI ESA VISA

93327 peruanos llegaron a España el año 2007 según cifras oficiales; aproximadamente el 40% del total de personas que solicitaron visas y pudieron cruzar el charco de manera legal que se sumaban a los 3´800,000 legales censados el 2006.
Daniel Gómez-Santiago fue en busca del sueño europeo y nos cuenta el periplo vivido en carne propia desde la parte más segregadora de España: su embajada.


por Daniel Gómez-Santiago




Pizarro conquistó a los incas con la ayuda de los mismos incas que en gran parte querían separarse del imperio que había sometido a sus culturas originarias. Me venía a la cabeza este episodio mientras discutía por ingresar al consulado español en Lima con uno de los vigilantes que a sus funciones de control, soltaba a diestra y siniestra, gritos de capataz zafrero a cuanto compatriota se le acercara con el pasaporte púrpura, el primer estigma de todo peruano viajero.

- Y tú qué quieresh? – me dijo

- Buenas tardes. Vengo a hacer una consulta sobre mi trámite consular de estudios. – Le respondí.

- No, no. Ya cerró, ya cerró. Mañana nueve te vienes y pides tiket, ya? Y tú qué quiéresh? – dijo ahora mirando a mi amigo Edgar.

- Yo quiero que me tratez bien. Zoy conzejal munizipal ezpañol y vengo con ezte caballero.

Al guachimán (término derivado de watch man, como se les llama a los peruanos que realizan labores de vigilancia) no le quedó otra que abrir paso a esa credencial con el escudo español entre ese mar púrpura de pasaportes andinos, y dejarnos ingresar.

El consulado español en Lima está ubicado en el corazón de San Isidro, el barrio residencial más caro de Lima, lleno de casonas coloniales como la del consulado que abarcaba más de media cuadra y había sido transformado en fortín sin perder la elegancia. Tras las puertas de madera tallada, uno se encontraba con un pasillo lleno de detectores de metales, cámaras apuntándote de frente y espalda; personal tras vidrios antibalas con agujeros por donde uno introducía sus documentos y, dependiendo del trámite, se recibía una credencial del tamaño de un babero de bebé con un color específico a colocar en un lugar visible del pecho. El pasillo terminaba con casilleros para apagar y dejar celulares u otros que pudieran afectar la seguridad del recinto.

Al ingresar uno se encontraba con una enorme mansión blanca, que me recordaba a las de las viejas ricas de telenovela mexicana, rodeada de un gran jardín en el cual se había adaptado a un costadito pequeño, un espacio con tres ventanas y sus respectivos vidrios polarizados con parlantes para comunicarse con los funcionarios que se encontraban tras ellos, de manera que se podía atender a la gente en el jardín sin necesidad que ingrese todavía al consulado en sí. En lima no llueve, -habrán pensado- así que no se necesita colocarles techo. Con el jardín bastaba y, para hacerle sentir a uno más cerca de España, el jardín estaba provisto de un veterano guardia nacional, uniformado a la usanza española rondando, para que uno se vaya acostumbrando quien le puede pedir papeles en caso de poder cruzar el charco.

El jardín era el limbo. El espacio intermedio donde podía uno ver lo lindo que debería ser España que desde su embajada derrochaba arte, o retornar al Perú, que estaba tras el muro perimétrico blanco electrificado que solo permitía ver los techos de otras casonas aledañas, donde los vecinos habían colgado carteles con el texto fuera consulado español debido a las colas de gente que dormía en sus alrededores toda la noche para alcanzar un ticket y el movimiento de cientos de personas todas las mañanas incomodaban la paz del barrio.








Eran las dos de la tarde y con Edgar estábamos al otro costado del jardín, en otra fila de peruanos esperando se nos atienda. Veinticinco minutos más tarde se rompió el silencio con la aparición de una funcionaria española que empezó a gritarle a un señor de la fila que se le había acercado con algunos papeles en mano y un librito púrpura.

- Uzted otra vez? Ya le dije que NO, que uzté no-viaja! Ez zordo?

- Pero señorita… - intentaba hablar el caballero

- Le-he-dixo-que-no! Coño! Alguien máz va a viajar? – preguntó mortificada, lo cual se incrementó cuando Edgar y yo levantamos la mano.

- Y uztédez qué quieren? – Gritó a la vez que se aproximaba tomando aire para volvernos a bramar de cerca.

- Yo quiero que me tratez bien. Zoy conzejal munizipal ezpañol y vengo con ezte caballero. – Volvió a decir Edgar enseñando su credencial.

La cara de la señora cambió en un segundo e incluso esbozó una sonrisa. Tomó aire y dio instrucciones para permitirnos ingresar a la casona previo regreso al pasillo para el cambio del babero verde al naranja que nos permitía -como en el monopolio- avanzar tres espacios más.

Dentro de la casona, en la oficina de la funcionaria, la señora era otra. Muy amable y hasta nos pareció guapa. Le explicamos que yo había sido admitido en una Universidad catalana para hacer estudios de post grado y no entendía por qué se me había negado el trámite habiendo presentado todos los papeles solicitados los cuales incluso venían avalados por un funcionario público que era mi amigo Edgar, quien se había tomado un avión cruzando el charco para solucionar el asunto in situ.

Fotocopiaron sus credenciales e incluso me pusieron cara a cara con El Gordo. Un personaje muy mentado (al igual que su madre supongo) entre todos los que hemos pasado por el consulado. Todas las embajadas tienen su personaje. Si la de Estados Unidos tenía a la China, los españoles tenían al Gordo.

El Gordo –quien supuestamente aprueba o deniega los visados- no pudo darnos explicaciones de la negativa y decidieron, ante la carencia de argumentos, o para no decir que se reservan el derecho de admisión ya que tenían a uno de los suyos de mi lado, elevarnos directamente al cónsul. En ese momento sentí habíamos ganado las dos batallas al Guachimán y al Gordo. Quedaba la tercera, la vencida.

En la oficina principal, ante la atenta mirada de los reyes, mientras esperábamos al cónsul nos pusimos a analizar todo lo que había costado llegar hasta ese lugar, que había empezado hacía meses consiguiendo todos los papeles que solicitaba la embajada.

Certificados de antecedentes penales: Veinte dólares y una mañana. Certificado de antecedentes policiales: Quince dólares. Tres más para las fotos, fotocopias y una tarde. Examen de salud: Posta médica municipal sin desayunar, exámenes de sanidad oficiales. Diez dólares. Certificación de estudios del Ministerio de Educación: Diez dólares, dos horas de espera en el banco del estado; tomar un taxi al centro en plena hora punta para llegar al Ministerio de Relaciones Exteriores y visar con el sello internacional esos certificados. Veinte dólares más y taxi nuevamente al día siguiente para recogerlos. Matrícula universitaria: Tres mil euros más ochenta de la comisión de giro bancario internacional. Esperar diez días para que llegue la carta al domicilio enviada por la universidad. Carta del banco acreditando mis ahorros: diez dólares y dos días de espera. Invitación de la persona en España que invita acreditando vivienda y demás avales. Cien euros entre envíos rápidos y legalizaciones. Notario público: Veinte dólares por firmar la carta certificada donde mi (santa) madre se compromete a pagarme todos mis gastos demostrando sus posibilidades adjuntando sus boletas de pensión y últimos movimientos bancarios.
Fotos tamaño pasaporte, ir a la agencia de viajes a separar el pasaje y pedir el printer con el itinerario; así como pagar sin posibilidad de retorno, el seguro médico por un año, con cobertura superior a los 30mil euros. Más de doscientos dólares a la lista. Finalmente las cartas de licencia laboral y permisos por un año, así como los certificados de tener casa propia, auto y todo lo que pueda demostrar que tienes raíces en tu país. La gracia superó los 360 dólares sin contar los pagos universitarios.

Con todo eso, asistir un día muy temprano a la embajada a pedir cita. Dos horas de colas y prepararse para la fecha indicada para una semana después en el mejor de los casos.

El día llegó y aunque se exige puntualidad, uno sabe que tiene que esperar cerca de treinta o cuarenta minutos afuera y otros tantos en el jardín. Ya adentro, desde la fila, esperábamos de pié tras una línea amarilla escuchando los argumentos de las personas que nos precedían. Había gente que no tenía toda la información y era retirada, teniendo que volver a solicitar hora y esperar una semana; o, en un afán de demostrar que eran económicamente potables, otros decían tener tal o cual propiedad, a los cuales también les pedían volver trayendo aquella información. Así que era un arte el conseguir la visa: no decir menos, no decir más y con lo que se tenga, uno se defiende.

Llegó mi turno y me tocó con El Gordo. Entregué uno a uno cada documento que iba solicitando y al parecer pasé la prueba. Me pidieron cuarenta dólares por concepto de trámite en moneda nacional y monto exacto y me pidieron regrese en siete días.

A la semana, volví a San Isidro, a la casona y al jardín detrás de la línea amarilla. Cuando llega mi turno y doy mi nombre, me miran y me dicen: denegado. Argumento: No demostrar motivos suficientes para regresar.

No sólo eso, sino que se me colocó un sello en la última hoja del pasaporte informando que no había recibido el visado.

El costo económico superó los trescientos dólares en trámites y la universidad devolvió la matrícula descontando gastos administrativos y otros ochenta dólares de envío.

En mi centro de trabajo se escribió una carta de reconsideración y aprovechando la visita de mi amigo Edgar en Lima, decidimos hacer un último intento hasta que el mismo Cónsul nos diga que no.

Un funcionario ingresó y muy amablemente, nos saludó explicando que él no era el cónsul, sino el vicecónsul ya que su jefe estaba de viaje. Revisó el expediente y dijo que por él no existiría problema de que yo viaje, pero lamentablemente no puede tomar una decisión así. Seguidamente habló de lo mal que se conduce el dinero que España dona al Perú y me mostró pruebas de inmigrantes avalados por congresistas de la república, que no habían regresado entre otras perlas para no hacernos sentir mal de su política migratoria.

Sólo nos quedó decirle que tenía un guachimán muy maleducado, e irnos.

Como la consigna era ir a Europa, inventé una nueva estrategia. Dí por perdido el pasaporte, adquirí uno nuevo y luego de varios viajes por el continente llenándolo de sellos, decidí volver a hacer el intento a través de una visa de turismo. Nuevamente todos los trámites, gastos de antaño, las cartas de los bancos, invitaciones, permiso laboral y estar nuevamente parado en aquel jardín limbo con el policía veterano rondando como hacía un año y medio. Avancé y por esas cosas del destino, no me tocó El Gordo sino un funcionario peruano muy amable que me dijo que no habría problemas para mi pedido. Pagué nuevamente los cuarenta dólares y regresé tranquilo a casa.

A la semana siguiente vuelvo nuevamente a ese jardín que me era tan familiar para recibir después de veinte minutos de espera, otra negación por los mismos motivos y otro sello en la última hoja.
El tema de España más que unas ganas de emigrar o visitar, se convirtió en un asunto personal y estaba dispuesto al estilo de Tom Hanks en la película donde no se le permite salir del aeropuerto, pisar España e ipso facto, regresar a mi país.

Ya no quería esconder nada. Decidí no cambiar nuevamente el pasaporte y buscar nuevas alternativas las cuales aparecieron gracias a las buenas migas que hice con un amigo alemán que decidió invitarme a su país.

Volví a pasar todos los trámites de antaño solo que esta vez era una embajada sin tanta pompa. Un edificio cuadrado con puertas de vidrio que quizá como única gracia tenía a un caballero muy serio pero amable a modo de guachimán que me hizo pasar a una sala de espera para veinte personas provista de baño, asientos, revistas y TV con cable en alemán. Cada uno de nosotros tenía un ticket y conforme se encendía una luz con su número, se ingresaba a una habitación privada blanca de tres metros cuadrados donde nos esperaba una señora alemana sentada detrás de un vidrio, desde el cual me preguntaba amablemente mis motivos de viaje.

Conforme avanzó la entrevista, la señora aseveraba con la cabeza y empecé a tomar confianza de que todo iba viento en popa, hasta que llegó a la última página de mi pasaporte.

- Oiga, pero-a-usted-le-han-negado-visado-en-la-consulado-espanhol – me comentó con un acento de preocupación, esperando una respuesta de mi parte.

- Si – le dije – y en verdad no sé a que se debió.

- Yo tampoco. Pero este es otro trámite y este es otro país. Le vamos a otorgar un visado comunitario para que pueda moverse en toda la comunidad europea libremente…incluida España. Feliz viaje.




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