lunes, 13 de julio de 2009

ORQUESTA DEL PALO DE MAYO

Cuba, Puerto Rico y Jamaica se destaparon con el son y el reggae. Colombia sacó del Caribe al vallenato, y ahora hasta gramys gana con un ritmo que no se bailaba en la capital. República Dominicana ha exportado el merengue y ahora es un éxito su bachata. Nicaragua aspira a sonar con el Palo de Mayo.

POR AMALIA MORALES




Con los últimos destellos del sol la orquesta que esta noche hará su debut como Orquesta Rondón, en honor a esa tradicional comida del Caribe nicaragüense, todavía no asoma sus narices por la cancha de Beholden. Sólo anda por ahí, Alexander Scott, el gringo de la boina beige y peinado rastafari cuya cabeza parece un plato de spaguetti fríos. A él, de cierta manera, se le puede considerar el manager del grupo que más noche tocará por primera vez Palo de Mayo con voces de rap, hip hop y reggae.

Scott, que ya colocó los instrumentos y probó el sonido, ahora está en pleno lobby con los tres ejecutivos de la única empresa patrocinadora de este evento que llegaron desde Managua, la capital, y que se mueven como extranjeros por las calles del gueto como le dicen a este barrio de Bluefields, donde la mayoría de sus habitantes son negros y hablan inglés.
Beholden fue elegido por los músicos del sello Bluefieldsoundsystem, el que está impulsando el lanzamiento el disco de Orquesta rondón, para romper los fuegos de la tradicional fiesta del Palo de Mayo que se celebra en mayo en esta ciudad caribeña.

Los habitantes del gueto no esperan ni la música en vivo, ni la noche para sentirse sabrosos. El partido de béisbol que se jugó esta tarde entre el Bóer y la Costa en el estadio Glorias Costeñas, es la excusa para destapar la fiesta. Los costeños creían que iban a apalear nuevamente al equipo mimado de la capital, tal como lo hicieron el viernes. Sin embargo, con 11 carreras que anotó, el Bóer mantuvo su liderazgo en el campeonato nacional -en el que participan 14 equipos-, mientras que la Costa cayó por siete carreras.

No importa, igual la celebran.
Debajo de dos carpas que se instalaron en el centro de calle, y alrededor de varias mesas en las que se juega dominó, los hombres espigados y de pelos afro deschapan cervezas y comentan el partido. Aseguran que en los partidos del domingo la Costa se desquitará. Mientras los hombres beben y juegan, las mujeres, de curvas que harían resoplar de la envidia a cualquier diva de Miami Beach, acomodan en las aceras mesas con porras de comida frita (tacos, empanadas de carne y pollo, que se acabarán antes que el concierto) y enormes termos con cerveza, agua y gaseosa helada.

Hasta que anochece por completo se prenden las luces de la tarima que se colocó al fondo de la cancha. Hasta entonces se nota el Palo que se sembró en medio del pavimento, y del que cuelgan cintas de papeles de colores, que caerá con las vibraciones de la Orquesta Rondón.

Esta orquesta que no es una orquesta tradicional con trompetistas, guitarristas, con trajes de sastre, y uniformes blancos, se gestó hace cuatro años cuando un gringo fanático de la música afrobeat visitó Bluefields, la ciudad más grande afro del Caribe nicaragüense, la única en la que se hablan seis idiomas (creole, español, rama, miskito, mayagna, lo que queda del garífona). Allí, el estadounidense con nombre de latino, Edwin Sánchez, se topó a Kali Boom, un cantante bluefileño del barrio Punta Fría.

Kali Boom se llama así por Nando Boom, el reggaetonero panameño de la generación de El General famoso por aquel estribillo “una libra de cadera no es cadera...tu las tienes todas por eso te ves buena”. Kali Boom nació y se crió en Punta Fría, uno de los cuatro barrios que todavía dominan los creoles en Bluefields. Comenzó a imitar a Nando cuando tenía ocho años, lo mismo que Bob Marley, el Dios del reggae jamaiquino, y más luego a Eric Donaldson, otro cantante afro de corte más romántico. Ahora, lo que canta Kali Boom, es una mezcla entre Donaldson y Nando Boom.

Si te vas a viajar, yooo te extraañereée, yo sólo quiero estar juunto a tiii -canta a capella Kali Boom la primera estrofa de su última canción, la que le escribió a la novia de Estelí, que pronto regresará a esa ciudad del norte.

A la voz de Kali Boom, el que casi olvidado su verdadero nombre es Newell Hodgson, se fueron sumando otras que estaban dispersas por el pueblo como la de Kila B, 24 años, un cantante de estilo hiphopero, y Papa Bamtan. Pero no sólo cantantes nuevos. En la colada cayeron voces reconocidas que estaban olvidados en sus barrios como la de Mango Ghost en Punta Fría y la de Sabú en Fátima.

Alex Scott, dice, que toda esta cantera de músicos devino en el sello Bluefieldsoundsystem (BSS), un proyecto que en su mística recuerda al proyecto que impulsó su coterráneo Ry Cooder, hace años, con los músicos cubanos de Buena Vista Social.

Mango Ghost ahora está ensayando las viejas canciones del Palo de Mayo, en la sala del estudio de BSS, situado en el segundo piso de una casa que está a una cuadra del muelle municipal. Entra brisa y luz natural al cuarto por las ventanas y la puerta que da a una terraza, desde la que se mira todo el movimiento de gente en el muelle que diario despide y recibe gente que viene
Managua por la vía del Río Escondido.

Ghost, de 73 años, va en camisola blanca, pantalón, con una de las piernas dobladas a la mitad, y lleva puesta unas gafas de marco blanco. En el respaldar del sillón de bambú cuelga la camisa de flores rojas que se pone cuando se va.

Para que Ghost llegara a ese segundo piso, tuvieron que subirlo entre dos.

Hace menos de un año, el cantante perdió su pierna derecha debido a una caída que se agravó con una enfermedad crónico. La colecta de última hora que se organizó en el municipio, y el concierto de Managua, no pudieron salvar la pierna al ex vocalista de Los Bárbaros del Ritmo, una agrupación costeña que quemó tarimas en los años setenta.

“Read Oooo”, canta Ghost subiendo la cabeza como chompipe que anda suelto en un patio con gallinas. Esa misma voz la escuché por primera vez hace menos de un mes, en el atracadero de Bluefields. Ese día entonaba Bahía de Bluefields, y la cantaba, justamente a la orilla de la bahía, que en algunas áreas es un verdadero muladar.

Se callan los instrumentos y Mango también.

Vas a entrar –le pregunto uno bajito que toca el bajo a un moreno fornido que tiene voz de trueno.

Está bien -responde el recio. Los músicos, el guitarrista, el bajista, y la pista vuelven a sonar. Mango vuelve a cantar, y en la parte de los coros entra la vez del moreno que lleva el pelo organizado en pequeños volcanes que erupcionan en su garganta. Papa Bamtan, otro cantante de reggae, está con una clave, bailando con el moreno que rapea mirado a Ghost.
Scott dice que reinterpretación del Palo de Mayo, es lo que está buscando Martín Perna, un productor y músico estadounidense que aterrizó en Bluefields y está ayudando a darle forma a esta Orquesta Rondón.

La tarima se ve mal iluminada, pero no importa.

Nadie está allí para mirar. Este no es un concierto típico, donde los músicos cantan y la gente se amontona alrededor del escenario. En este concierto, los músicos tocan y la gente se mueve, o baila desde cualquier lugar. Mango Ghost, quien se ganó su apodo espantando hasta en las madrugadas a los cipotes que llegaban a robar mangos de su patio, está vestido con guayabera. El sonido realmente es malo. El amplificador de la derecha se va y viene. Nada de eso impide que la gente se vaya tomando el centro de la cancha para bailar. Cuatro mujeres de faldas largas y turbantes mueven cadenciosamente la cintura para un lado y para otro. Sus caderas giran con la voz de Mango, que se oye por debajo de los instrumentos, pero que las bailantes saben reconocer. En un cambio de última hora, no interviene ninguno de los hip hoperos que ensayaron en la víspera.

Abajo, en una esquina del escenario, espera su turno para subir, Samuel Hodgson, Sabú, otro de los legendarios cantantes de Bluefields, famoso en el país en los años ochenta por su espectáculo de canto y baile sobre el escenario. Su atuendo es particular: pantalón y cotona blanca, boina rastafari, gafas de sol que no se quita ni a la medianoche y que van sujetadas con unas tiras hechas de shakiras de colores, que bien podrían llevar en el cuello cualquiera de las bailarinas.
Una vez en el escenario, Sabú demuestra que está en forma. A pesar de los 70 años que lleva encima, este hombre bajito y de contextura muy fibrosa, salta más de lo que canta. Cada gesto suyo es seguido por los bailantes. Sabú canta algo que parece calipso, pero también es soca, rockandroll. “Es la música del gato”, dice él y recuerda que su apellido artístico es “Catiman”, hombre gato en español.

“Yo inyecto. Yo no canto por cantar, a mi me gusta inyectar energía”, dice este hombre, que conoció a Mango Ghost en los años mozos, en los tiempos en que los dos se ganaban la vida en las orquestas de Managua.

A medida que Sabú canta la cancha se va llenando de bailantes. Además de las cuatro mujeres, hay un grupo de rubios que mueven los brazos como si oyeran breakdance y no un ritmo que tortura las caderas. Tal vez porque ignoran que este ritmo lo empezaron bailando los esclavos jamaiquinos que los ingleses llevaron a esta bahía del Caribe.

Hasta el alcalde de Bluefields, Harold Bacon, que no quiso soltar ni un peso para el concierto, está esta noche en el gueto, y le dice a una reportera de televisión que "Beholden es el mejor sitio para abrir las fiestas del Palo de Mayo". Irónico, tal vez. Revueltos entre el público, están los jugadores de la Costa y del Bóer. Esa noche, el gueto está abierto al público. Aunque el palo que había en el pavimento ya está en el suelo, toda la noche sonará la Orquesta Rondón y el Palo de Mayo.

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